Washington, D.C. / Mayo 8.-
El presidente estadounidense Barack Obama quiso dar a la muerte de Osama Bin Laden el mismo tratamiento que al final de una novela épica: “No volverán a verlo caminando sobre la faz de la tierra”.
Pero detrás de esta licencia poética, la muerte del terrorista más buscado por EU ha traído consigo un sinnúmero de consecuencias no sólo para este país, sino para sus aliados en todo el mundo. Como ocurrió tras los atentados del 11-S, que Osama orquestó, el impacto recaerá incluso en los más insospechados frentes de seguridad, diplomacia y política doméstica e internacional de la Casa Blanca.
La primera consecuencia, de naturaleza previsible, ha sido la amenaza lanzada por la red terrorista de Al-Qaeda, que ha prometido “sangre y lágrimas” a Estados Unidos por la muerte de un líder que vivía prácticamente sepultado en vida, en su escondrijo de Abbotabad, a las afueras de Islamabad, y desde el que hacía llegar los mensajes y las instrucciones a sus células operativas en todo el mundo.
La segunda, de carácter perentorio, ha sido la petición dirigida por un grupo de congresistas al presidente Barack Obama para poner fin a una guerra, la de Afganistán, que está a punto de cumplir 10 años y que ha generado un ambiente de hartazgo en una sociedad cansada de recibir los féretros de sus hijos, esposos o hermanos y de pagar una factura a razón de 2 mil millones de dólares por semana, 8 mil millones cada mes y 100 mil millones de dólares al año.
Y, la tercera, con aroma a traición, será la difícil reconstrucción de las ya de por sí tensas relaciones de EU con Paquistán, un país al que muchos acusan hoy de deslealtad por haber ofrecido cobijo al terrorista más odiado y temido mientras recibía de Washington una jugosa tajada en asistencia militar y económica que entre 2002 y 2010 superó los 20 mil millones de dólares.
Hoy, en cambio, muchos se resisten a aprobar los 5 mil millones de dólares solicitados por Paquistán para el año fiscal 2012.
Ante estos desafíos, la administración Obama ha decidido mantener la guardia en todo lo alto, mientras sopesa el futuro de la guerra en Afganistán y trabaja a marchas forzadas en una estrategia de control de daños (en los frentes interno y externo) con sus desleales, pero necesarios, aliados en Paquistán. Durante su comparecencia, en una audiencia del comité de seguridad interna del Senado, la secretaria de Seguridad Interna (DHS), Janet Napolitano, aseguró esta misma semana que EU no tiene planes de elevar el nivel de alerta terrorista.
En estado de alerta
Pero Napolitano reconoció que la muerte de Bin Laden ha obligado a las principales agencias federales a extremar las medidas de seguridad en fronteras, terminales aéreas o ferroviarias y transportes colectivos como el metro de Washington y Nueva York. “Estados Unidos se mantiene en un estado de alerta y vigilancia”, aseguró.
En esa misma audiencia, la máxima responsable de la seguridad interna confirmó que el Buró Federal de Investigaciones (FBI) y los servicios de inteligencia han compartido con DHS los archivos recuperados por los Navy SEALS, las unidades especiales de asalto que eliminaron a Bin Laden y se apoderaron de las computadoras, memorias internas, discos duros y documentos que había en su escondite.
Mientras EU ha lanzado una alerta preventiva a sus ciudadanos en todo el mundo y se toma en serio la posibilidad de un ataque de represalias que, según los cálculos de los servicios de inteligencia, podría ser llevado a cabo por “un lobo solitario” —la variable terrorista más difícil de controlar—, las voces que exigen el fin de la guerra en Afganistán se multiplican.
“Una vez muerto Osama Bin Laden no hay ninguna razón para que nuestras tropas permanezcan más tiempo en Afganistán”, consideró el congresista demócrata por Massachusetts, James McGovern, quien se ha colocado a la cabeza de una coalición bipartidista para exigir el fin de la que ha sido la guerra más larga en la historia de EU.
El jueves, McGovern introdujo la iniciativa “The Afghanistan Exit and Accountability Act” (El acta de salida y rendición de cuentas en Afganistán), un proyecto de ley que busca impedir que la prometida retirada de las tropas estadounidenses en Afganistán, programada para julio, se convierta en mero un acto simbólico.
La guerra ha consumido poco más de 444 mil millones de dólares, según el más reciente reporte del Congreso (“The Cost of Iraq, Afghanistan, and Other Global War on Terror Operations Since 9/11”) del 29 de mayo. La cifra no contempla el costo total de la guerra contra el terrorismo desde septiembre de 2001. Según los cálculos realizados por The New York Times, en 2010 EU había superado la barrera del billón de dólares, es decir, una factura de aproximadamente 11 mil 300 dólares por cada familia estadounidense.
“Es hora de salir de Afganistán. No podemos seguir tirando un dinero que no tenemos en una guerra que ha perdido su razón de ser” insistió McGovern, resaltando los reportes de inteligencia según los cuales la presencia de Al-Qaeda en ese país ha quedado reducido a poco menos de 100 integrantes. En cambio, los efectivos estacionados en la nación árabe superan los 100 mil tropas, a un costo de 2 mil millones de dólares a la semana.


