In memoriam: Roberto Barrera, del pueblito al imperio

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Cerralvo, N.L.-
En Cerralvo, Roberto González Barrera vio el origen de su vida y su empresa. Desde la tierna edad de 6 años, habiendo construido su primer cajón de bolero de zapatos, se pudo apreciar en él el impulso comercial que lo llevaría décadas después a poner en marcha la industrialización de la tortilla.

Este mercado, afirma Maseca, controla en un 70 por ciento, y a tener en sus manos el último banco en el país dirigido por mexicanos: Banorte.

Fue un camino a la cima que, comentan sus críticos, se vio nutrido por favoritismo ante el poder, marcaría su legado como uno de los “amos de México”.

La llamada “primera población del estado de Nuevo León”, probó ser terreno fértil para el futuro magnate: en Cerralvo se desenvolvió primero como bolero; dos años después de la construcción de su primer cajón, vería su número multiplicarse por seis.

Nacido en una familia de ocho hermanos varones y nueve niñas. Por mando de su abuela – protectora durante la ausencia de sus padres –, puso el trabajo por encima del estudio; González no vería por el resto de su vida el final de la secundaria.

En su abuelo encontró refuerzo de su travesía empresarial, ayudando a este en la venta ambulante de alimentos. “Yo veo que corres mucho y haces muchas cosas”, le dice el anciano, “¿qué te deja más dinero?”. “Vender verduras”, responde la cría. “Pues eso haz, para qué tanto. Dedícate a una cosa pero a fondo”.

A los 17 años, aún en busca de su lugar en el mundo, González trabajaría de perforador las explotaciones veracruzanas de Pemex; a los 25 llevaría la luz eléctrica a las calles de su pueblo natal; llegando a los 40, su empresa sería la punta de lanza que lideraría la consolidación de la industria tortilla en México, como la conocemos hoy en día.

El año de 1948 fue cuando “los Robertos”, padre e hijo , fundarían al actual gigante tortillero, revolucionando la forma en la que se prepararía la tortilla del futuro: su harina de maíz economizaba el proceso de su elaboración, convirtiéndola en una atractiva alternativa al método tradicional de nixtamalización.

La “maseca” producía más tortilla por kilo, sobrevivía por meses a la descomposición y permitía que éstas se elaboraran en minutos.

Su crecimiento se vería alimentado por la mano de los más altos niveles de gobierno que, en épocas de Gustavo Díaz Ordaz, no titubeaban en ofrecer subsidio a la empresa neoleonesa.

Su tendencia al crecimiento continuó, sólo una vez viéndose potencialmente interrumpida, una vez que el estatista Luis Echeverría tomara residencia en Los Pinos.

Grupo Industrial Maseca se había convertido en candidato a la nacionalización y ofrecían a González Barrera 400 millones de pesos por su compra. A punto de ser convencido, fue aconsejado por Carlos Hank González, quien recomendó a su viejo amigo que rechazara la oferta.

Roberto aceptó cerrando una puerta (la oportunidad de dedicarse al estudio), para mantener abierta aquella que lo llevaba a ser dueño del imperio empresarial.

Su posición en el mercado internacional se consolidó más tarde y tal poder poseyó el norteño que fue el único en su tiempo que pudo llamarse a sí mismo dueño de un banco en el país.

2012 marcó el fin de su vida, mas no de su obra: su nieto Roberto, heredero de nombre y legado, se encuentra actualmente entre las cabezas que dirigen a la hidra conocida como Gruma.

(Roberto Mora).

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