Veracruzanos tienen en cosecha de la piña un respiro

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Veracruz, Ver.-
En junio acaba la espera para decenas de jornaleros de la comunidad de Los Robles, en Medellín de Bravo, Veracruz. Para ellos viene una época de bonanza que dura tres meses y que le deben a la cosecha de una fruta tropical que ya forma parte de los productos de México: la piña.

Armados con un guante, un bolso de rafia y un machete, los jornaleros salen a los piñales a cortar el fruto que le ha dado fama nacional a su pueblo y que los ayuda a tener un ahorro para el resto del año, cuando escasea el trabajo.

Vicente es uno de los productores de la región. No tiene tierras, pero por 8 mil pesos arrendó una de dos hectáreas a una familia que tiene el campo, pero no los recursos para producirla.

Cuenta que sembrar piña no es algo fácil: se requiere paciencia, tiempo y dinero para invertir en su transporte, en el pago de los trabajadores y el abono.

Sin embargo, el esfuerzo vale la pena, no sólo para él sino para los agricultores de la zona, todos ganan, ya que los cultivos de Los Robles son conocidos en el territorio nacional.

Compradores llegan de diversos puntos del país a seleccionar la mejor calidad y el mejor precio.

Vicente sembró su piñal hace 18 meses, durante todo ese tiempo tuvo que abonar la tierra en tres ocasiones, cada una le costó alrededor de 7 mil pesos, más lo que invirtió en el riego.

En junio, al igual que otros productores, empezó a ofertar sus frutos a los clientes, quienes se juntan en una báscula ubicada justo en la entrada del pueblo, en una esquina que colinda con la carretera que conduce a Alvarado.

La piña verde y grande la puede vender hasta en 3 mil pesos por tonelada, la mediana en 2 mil 600 y la pinta en 2 mil. La madura la saca en los mercados de la ciudad de Veracruz, ubicados apenas a 30 minutos de sus piñales.

La selección del producto

Apenas inició el mes de julio y le cayó el primer cliente a Vicente, se trata de un comprador que llevará las piñas hasta el estado de Querétaro.

De inmediato lleva una cuadrilla de jornaleros que empiezan a laborar desde las siete de la mañana y no paran de trabajar hasta que terminan de completar la carga que les pidieron, que puede ser en aproximadamente cinco horas.

Y es que los agricultores se introducen a los piñales, que se defienden con sus hojas puntiagudas, para cosechar; trabajo que requiere destreza, ya que tienen que seleccionar los frutos según su grado de madurez y de tamaño, a como la solicitó el cliente.

Así, desde temprano, los jornaleros agarran las piñas, las observan y si es la requerida le dan una vuelta para arrancarla de su raíz, no utilizan el machete más que para defenderse de las víboras.

Éstas abundan en los piñales, venenosas o inofensivas, pero los campesinos están tan acostumbradas a ellas que, algunos, ni siquiera usan zapatos, sólo varios pares de calcetines para poder proteger sus pies.

Si hallan alguna, sobre todo las que no tienen veneno, que en la región llaman “habaneras”, los jornaleros juegan con ellas, se la avientan de un lado a otro para espantar a su vecino de corte.
Una tradición que los sacó de la pobreza

Un agricultor gana poco en esa región, apenas saca para comer, sin embargo, en los meses de junio, julio y agosto, durante el corte de la piña, pueden obtener hasta 500 pesos diarios.

Don Gilberto Reyes Barrios es el encargado de la báscula del poblado, por ahí pasan todos los camiones que cargan las piñas de Los Robles.

Cuenta que esos tres meses son los mejores de la región, en un día puede llegar a pesar hasta 450 mil toneladas de ese producto que envían a todo México.

Antes era diferente, recuerda Reyes Barrios, en Los Robles se sembraba apenas chile y frijol, que no dejaba buenos dividendos, “fue una vez que una familia apellidada Croda, trajo la planta de la piña de Puerto Rico”.

Calcula que eso fue en los años 50 cuando llegó por el Puerto de Veracruz las primeras muestras de piña que fueron llevadas a Loma Bonita, en Oaxaca, lugar que produce piñas para exportarlas.

De ahí, llevaron algunas muestras a Medellín de Bravo y descubrieron que pegaban con facilidad. “Fue entonces que nos hicimos famosos por nuestras piñas, por eso viene gente de toda la nación por ellas”, dijo, orgulloso, el sexagenario.

Esa fruta es tan apreciada en esa comunidad que el ayuntamiento de Medellín organiza cada año en junio el Festival de la Piña, fiesta que se convierte en un carnaval para la población de ese municipio conurbado con Veracruz y Boca del Río.

Junto a la báscula de don Gilberto, una de sus hijas tiene una tienda en donde los jornaleros llegan a descansar y a esperar que su patrón les pague.

Juan Carlos Hernández es vecino de Paso del Toro, congregación a 10 minutos de Los Robles. Él salió temprano de su hogar y se enlistó con Vicente para el corte de su piñal. “Todos estos días es lo mismo, nos paramos a las seis de la mañana, cortamos desde las siete, sin parar. A veces comemos algo o tomamos un refresco, depende el tiempo, ya cargado el camión nos venimos aquí”, dijo.

Sentado en una mesa, donde juega dominó con un grupo de agricultores, explica que Vicente entrega las piñas al comprador de Querétaro y ahí mismo se pagan, de ahí les dan su dinero a cada uno de los cortadores. “Siempre venimos aquí y en lo que ésos hacen trato. Nosotros pedimos una cerveza, jugamos un poco de dominó y ya nos cae la raya”.

Los piñeros beben y se entretienen en la tiendita, que es la única en kilómetros, mientras María, la hija de don Gilberto, atiende y cobra con una mano y con la otra arrulla a uno de sus bebés; el otro duerme abajo del mostrador.

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