Monterrey, N.L.-
Los calores son parte de la historia de Monterrey. Desde su fundación los primeros colonizadores y los primeros cronistas ya daban cuenta que las altas temperaturas eran parte inherente de esta tierra, “es decir los calores han sido los mismos, incluso hasta más fuertes”, compartió el historiador Héctor Jaime Treviño Villarreal.
En entrevista con Hora Cero, el cornista comenta que desde las primeras expediciones de Luis Carvajal y de la Cueva y los primeros colonizadores advirtieron que además del calor, el frío y hasta la lluvia son fenómenos extremos.
“Desde que llegaron los colonizadores, por allá 1572, la primera incursión de Carvajal y de la Cueva, se dieron cuenta que esta región era extrema. Por ejemplo, la primera vez que vino Carvajal fue entre diciembre y enero, o sea en el frío.
“Luego ya cuando se asentaron se dieron cuenta de que el verano también era muy cálido, y en las crónicas de Alonso de León él lo refleja, que los veranos son muy cálidos y los inviernos muy fríos, en algunas ocasiones en ambas estaciones el clima es muy extremo”.
Sin embargo, aclara Treviño Villarreal, con la salvedad de que cuando llegan los primeros colonizadores lo que hoy es Monterrey estaba lleno de vegetación, había arroyos por todos lados (ojos de agua, manantiales) “y ahora no los tenemos porque el hombre ha contribuido a su destrucción”.
Con datos del censo 2020, Monterrey y su zona Metropolitana integran una mancha urbana compuesta por 13 municipios, en una superficie de 6 mil 665 metros cuadrados y una población de 5 millones 394 mil 743 personas.
Y aunque, como dice el historiador Héctor Jaime Treviño Villarreal, los calores han sido de siempre parte de Monterrey, hace por ejemplo un siglo, allá entre 1920 y décadas después, había formas de “pailar” esos fuertes calorones de la ciudad.
Para empezar, por aquellos años las casas se construían con sillar y adobe. Había incluso jacales cuyo piso era la simple tierra. Las casonas de sillar eran altas, es decir los techos estaban a una altura considerable, y por su material y dimensiones en calor eran frescas y en frío algo cálidas, pero además en Monterrey, en San Nicolás y otros municipios había arroyos, manantiales, ojos de agua donde la gente solía refrescarse.
Los arroyos y los ríos no estaban contaminados y la muchachada se bañaba en cualquier charco.
Sin embargo, recuerda el también escritor, los empresarios y comerciantes de antaño hicieron campañas para denostar a las casonas y colocar sus productos emblemáticos para la construcción de nuevas casas.
“Hicieron una campaña muy fuerte y fea, despreciable, porque dijeron que todas las casas construidas con sillar y con adobe eran deleznables y aparte eran para jodidos, para ellos vender esos productos que eran el concreto, el acero, y esos son mucho más calientes. Yo nací y crecí en una vieja casona de sillar que era fresca en verano y cálida en invierno”.
El cronista refiere que ante las condiciones climáticas de Monterrey, en los años 40, 50, 60, por allá de las 9 de la noche la gente abría las ventanas de su casa, incluso se podía acostar en la banqueta, en el suelo, en el patio y en catres de lona.
“Ahora lo que pasa es que lo sentimos y lo resentimos, el calor, ¿por qué?, porque dicen estar mal impuestos al clima… ¡No es que estés mal impuesto, sino que estás bien impuesto (al clima)!”
LA SIESTA PARREÑA
El historiador comenta que por aquellos años idos resultaba difícil que la gente saliera en la ciudad entre las tres y las cinco de la tarde.
La gente del campo, por ejemplo, se iba desde las 5 de la mañana ya andan jalando para regresar a medio día, porque, en ambos casos, era imposible andar afuera por los enormes calores, en una región como la de Monterrey y sus alrededores, así como la zona rural.
… “Todavía hay un pueblo que tiene esas reminiscencias; Parras, Coahuila. ¡De 3 a 5 de la tarde no pasa nadie en la calle! Es la siesta parreña… ¡porque sales a las 4 ó 5 de la tarde y te andas quemando, o sea terrible aquello!..”.
En la capital de Nuevo León de las 2 a las 6 de la tarde la gente no salía; todavía en los 60 el comercio de Monterrey, las tiendas del centro cerraba a las 2 de la tarde, para comer.
LAS PELONAS
Entre algunos de las formas para que el calor causara menos estragos, por los años 20 las mujeres de Monterrey aprovechan la moda que surge después de la Segunda Guerra Mundial, en que las féminas se encargan de algunas actividades de producción, entonces se cortan el pelo.
“Don Armando Guerra Lozano (el músico sabinense, autor de La Morenita) hizo una pieza tipo jazz muy bonita que se llama “Melenitas” y era dedicado a Las Pelonas. También en los 20’ se vino una moda de vestidos más entallados pero que subía poco de los tobillos. Era difícil para las mujeres.
“En el caso del hombre, el trabajador del campo, el vaquero, el minero, el agricultor, el ferrocarrilero, traía pantalón de mezclilla, y era tela para los jodidos eh, y era barata, además”.
Mientras que el hombre que andaba trabajando, incluso en la construcción, usaban sombrero. Las fotos antiguas revelan al regiomontano de entre 1910 y 1930 con un sobrero potosino, por la gran migración de San Luis Potosí, era tipo vaquero. El hombre que salía de casa, lo hacía con el sobrero, para quitarse de encima el sol.
El sombrero al que hace referencia el también geógrafo no era tanto de ala ancha como los del centro y sur del país (caporal), aquellos sombreros tipo mariachi y luego los de palmito enormes, aquí eran más tipo vaquero-texano.
El cronista refiere que aquellos y estos calores en Monterrey van aparejados con grandes sequías, las cuales no son nada comparadas con la de 1953. Esta ciudad, afirma, tiene una frecuencia de sequías cada dos años, “lo que pasa es que no tenemos memoria”.
CALORES REGISTRADOS
En el Siglo XIX existió un Observatorio Astronómico en el Colegio Civil, mismo que Héctor Jaime Treviño conoció alrededor de 1960, cuando cursó la preparatoria. Esto centro de investigación llevaba puntual registro de las temperaturas extremas, de las lluvias, de los vientos, todo, y hubo años y días de mucho calor, registrando hasta 45 grados y en algunos lugares extremos hasta 48 grados.
Es decir el calor, el frío y hasta la lluvia, aunque poca a lo largo del año, suelen ser extremos en la ciudad de Monterrey, y eso cualquier regio y migrante con un par de años en la ciudad o más, lo sabe.









