Reynosa, Tam.- Enrique (nombre ficticio por obvias razones) experimentó las horas más angustiosas de su vida cuando, a punta de pistola, fue plagiado frente a un centro comercial de Reynosa. Dos meses después –y visiblemente afectado de los nervios– recuerda el horror por el que pasan las personas privadas de su libertad.
Aquel cinco de septiembre difícilmente se borrará de su memoria: Enrique despertó del que considera el peor día de su vida. Así lo describe este diseñador de profesión que entra a su trabajo a las nueve de la mañana y quien, por primera vez en tres o cuatro años, se levantó casi a las diez.
Se comunicó con su jefa de departamento para informarle que iba en camino; se había quedado dormido y pidió disculpas porque su celular simplemente no timbró.
De manera presurosa el joven empleado salió de ducharse. Mientras se estaba cambiando sonó el teléfono. Era un número que no conocía, pero la Lada se le hizo familiar –porque comenzaba con “899”–, siendo para él lo más normal contestar.
Al principio pensó se trataba de una broma, porque le dijeron –en un lenguaje soez– que se lo había –¡cargado la chingada!–, –¡Hasta aquí llegaste!– y cosas así, relata. Enrique se rió, porque imaginó que alguien estaba jugando, lo típico. Pero al otro lado de la bocina le dijeron que se callara, que esto era en serio y enseguida escuchó datos muy precisos de su vida cotidiana, su trabajo y familia. Cayó en cuenta que no era un juego cuando finalmente le dijeron que estaban afuera de su casa.
Enrique reaccionó y terminó de cambiarse, al tiempo que le indicaron si hacía todo lo que le pedían no le va a –pasar nada– y sobre todo a sus seres queridos. En ese momento sólo se encontraba, con su mamá en la casa, muerto de pánico de que pudieran entrar o esperarles.
MODUS OPERANDI
Sin el control de sus actos Enrique escuchó de sus interlocutores la orden de salir con mil pesos en la bolsa. Cuando les pidió la oportunidad de avisar que no iría a su trabajo le dijeron que no. Unicamente les urgía que saliera de su casa rumbo a un hotel a donde ellos llegarían y que más tarde una licenciada se entrevistaría con él.
Pidieron tenerle mucho respeto por ser –una mujer muy guapa–. Insistieron en que no le fuera a faltar ni con la mirada –por si iba escotada o en minifalda–. Los hombres al teléfono se identificaban como –comandantes–, recuerda Enrique, y se cambiaban la llamada entre los dos, uno intimidante en su forma de hablar, y luego le pasaban a alguien menos beligerante.
Antes de salir de su domicilio este diseñador le hizo señas a su madre para comunicarle la situación al teléfono, el cual alcanzó a ponerlo en altavoz. Con ademanes le dijo que se iba… y que de favor le avisara a uno de sus compañeros del trabajo lo que estaba pasando. Con un beso alcanzaron a despedirse mientras el joven no podía ocultar su miedo, dejando a su progenitora llorando y preocupada.
Le rogó que no se fuera, pero los hombres de la llamada le insistían que si no salía entonces irían por ella. Lo amenazaron, detalla, en que si escuchaban que decía algo ahí le colgaban y los iban a encontrar. Sabían dónde trabajaban y los tenían bien vigilados, refiere.
CON TEMBLOR Y ANGUSTIA
Titubeante, Enrique abrió la puerta de su casa sin despegar el teléfono de su oído. La orden fue directa: que jamás colgara y, además, llevara consigo el cargador de su celular.
Al llegar a su auto le dijeron que lo estaban viendo y lo mandaron manejando a una tienda de conveniencia cerca de su casa en la colonia Ribereña. Le pidieron bajarse a comprar –un par de sandwiches y dos botellas de agua Bonafont de un litro–, porque le especificaron la marca; que ahí mismo consiguiera el celular más barato y no se lo activaran.
Atemorizado el joven realizó la compra, se volvió a subir al carro y siguió hablando con ellos sin saber desde qué vehículo lo estaban observando. Al teléfono uno de los hombres le decía que no hablara con nadie más, porque en ese momento iban por mi mamá. –Porque no tarda en entrar a trabajar–, lo asustaban.
Después le pidieron que manejara sin parar. Cuando Enrique tomó el boulvard Hidalgo le ordenaron que activara el número. Cuenta que los datos que dio de alta fueron erróneos y considera que eso le ayudó después.
De una manera versada el joven manejó, al mismo tiempo que activó su nueva línea, pero como su teléfono era un “Smartphone”, maniobró para salirse de la llamada sin colgar, abrir su Facebook y comunicarse con un amigo y su madre.
Cuando sus plagiarios escucharon que el teléfono ya estaba habilitado le dijeron que entrara a un hotel cercano al Seguro Social, que le iban a estar esperando, mientras él, de una forma discreta, les avisaba a sus amigos la ubicación.
Al llegar al inmueble la lluvia se hizo presente, Enrique estalló en pánico y sin bajarse de su vehículo no logró meterse completamente al sitio donde lo citaron e intentando dar marcha atrás. Les dijo que no entraría porque tenía mucho miedo.
Pero menciona que ellos se irritaron y le dijeron que le –¡cargaría la chingada!, que lo iban a matar. Sin colgarles el teléfono se armó de valor y dio reversa para incorporarse nuevamente al boulevard.
EN MAL MOMENTO
Una noche antes su carro estaba fallando, así que cuando quiso acelerar para escapar, el coche volvió a calentarse. Fue cuando los hombres al teléfono le describieron ese pasaje, que estando en la gasolinería intentaron secuestrarlo, pero como los empleados se acercaron a ayudarle abortaron el intento. Si hubiera sido así, para su madre habría sido normal que no llegara un día a su casa a dormir, revela.
Enrique trató de manejar lo más lejos que pudo y arribó a un centro comercial ubicado frente al puente Broncos, donde volvió a comunicarse con su progenitora y en las redes sociales dejó indicada su nueva ubicación y que puso las llaves en el tanque de la gasolina.
Pensó que si iban a plagiarlo al menos no le quitaran el vehículo para que lo vendieran y negociaran si era necesario. Confiesa el joven que infinidad de cosas pasaron por su mente.
Entonces agarró el teléfono que acababa de comprar, porque llevaba saldo, junto con su celular de siempre, sus cargadores y corrió. En el intento colgó la llamada y una camioneta le cerró el paso. Al esquivarla, espantado, trató de llegar a una tienda departamental, pero cuando iba a entrar se percató que uno de los civiles que estaban ahí parados era uno de los secuestradores, un hombre muy alto, robusto con unos 130 a 150 kilogramos de peso.
Enrique lo recuerda como una persona impresionantemente grande y cree que era quien le hablaba de un modo mesurado, porque se veía más recatado en sus modales, aseo y forma de vestir. Afirma que lucía una esclava y una cadena de oro, su barba estaba perfectamente afeitada y tenía un olor fragante.
Lo pescó del cuello con firmeza. A pesar de su 1.80 el joven secuestrado señala que no lo movió, y mientras mayor fuerza hacía él más le apretaba su cuello, sintiendo que le tronaría, por lo que optó en dejar de pelear.
Y en eso la camioneta, una Ram grande doble cabina, se acercó, abrió la puerta, Enrique vio una pistola apuntándole y le ordenaron que “sin hacerla de pedo” se subiera. Dio la casualidad que estaba lloviendo y prácticamente nadie estaba en el estacionamiento.
No podía creer lo que le estaba pasando. Arriba de la unidad se dio cuenta que viajaba con tres hombres, entre ellos el chofer, quien le apuntaba todo el tiempo y la persona que lo atrapó. Dos iban atrás con él.
Le mandaron mantenerse agachado, no ver al nivel de la ventana ni hacer ruidos, pero no pudo contenerse y les comentó que le había avisado a medio mundo de su captura, y ellos se enfurecieron, le preguntaron a quién le había
dicho, que para quién tr
abajaba o si tenía algún conecte. Empezaron a manejar muy desesperadamente, relata.
Antes de bajarse de su auto Enrique alcanzó a cambiar la contraseña del Facebook y borró las aplicaciones, porque –dice– sabía que era lo primero que iban a querer ver. Notó que sus captores podían ver lo que publicaba en el muro de la red social.
EN UN SITIO DESCONOCIDO
Como a los 20 o 30 minutos lo llevaron a un lugar solitario. Lo primero que vio fue una casa desolada. Se entraba por un portón chico y pasaba a un pasillo largo con cerca. La vivienda se encuentra al fondo.
Ahí lo metieron, no había gente ni muebles, especifica.
Lo llevaron a un cuarto completamente solo. Las ventanas estaban cubiertas, pero los escuchaba: empezaron a preguntarse a quién le había avisado. Nunca dijeron nombres, nada más “márcale a este wey”, repetían.
Y estaban molestos, como pensando que ya “la había cagado”.
La víctima nada vio cuando lo bajaron y no sabía dónde estaba, pero en un momento de lucidez se dio cuenta que todavía llevaba sus pertenencias, sus celulares, su cartera y le marcó a su novia.
Como habían peleado pensó que este problema era por su culpa. En ese momento Enrique desconfiaba de todo mundo, supuso que alguien lo había mandado a golpear y esto se había salido de control. Desesperado le pidió que se comunicara con su familia. Admite que nunca supo de dónde vino la agresión.
Traicionado por los nervios levantó la voz y sus secuestradores se dieron cuenta. Se despedía de su novia, a quien le pidió disculpas, porque pensaba que no la iba a lograr, cuando uno de los hombres, el más grande, le preguntó con quién hablaba.
En un movimiento rápido alcanzó a colgar y borrar la llamada, para que no viera a quién le había marcado, pero Enrique recibió un patada en los testículos. Completamente noqueado se desplomó.
Su plagiario salió y dijo: “Este pendejo ya le marcó a alguien. ¡Vámonos de aquí!, no vaya a ser la de malas”. Tras ese episodio lo despojaron de su cartera y teléfonos.
Afirma que tenían miedo que se hiciera algo público, que corriera el rumor de que no estaba y lo empezaran a buscar, llegara la policía y su caso tomara un rumbo escandaloso. Adolorido, nuevamente lo subieron a la camioneta, cuando todavía no era ni el mediodía.
Con sus teléfonos apagados ya nadie podía contactarle. Pasaron un par de horas a punta de pistola y con el vehículo en marcha hasta que Enrique comenzó a sentirse mal. Tenía como dos meses enfermo de problemas del corazón, la presión y el traslado se le hizo demasiado largo sin un rumbo definido.
Aparte del problema del golpe y el miedo llegaron los mareos. Alude a que perdió la noción del tiempo y por instantes la visión, aunque él mismo se recuperaba y decía: “No te vayas a desmayar, porque a lo mejor ya ni vas a saber nada”. Entonces le vendaron completamente los ojos.
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