Las Adoratrices de AMLO

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¡Caray! En este país siempre hemos contado chistes de los presidentes…propios y extranjeros, (Trump, Putin, Chavez, Maduro, Evo, todos se han llevado su tanda…ni que decir de Salinas, Zedillo, Fox, Calderón y Peña Nieto) es parte de lo que se conoce como “válvula de escape”. Cuando los pueblos llevan ya muchas décadas perdidos en los desiertos de la injusticia, cuando azotan las plagas y las adversidades, los abusos y las vejaciones, surgen de pronto personajes a los que nuestro propio desamparo convierte en ídolos con pies de barro, en profetas mesiánicos, redentores en los que se concentran nuestras más profundas esperanzas.

La política se convierte en culto sobre-empoderando al elegido. Así pues, hay una Orden muy estricta que ha convertido a AMLO en “santo de su devoción”. Todo ofende su fe y su credo: un chiste, una crítica, una opinión que no sea de alabanza. Pa’ pronto fruncen la boca, levantan la ceja y lanzan sus condenas, como si verle defectos e imperfecciones al político de su adoración fuera un sacrilegio. Aunque no todos los pro- AMLO son tan radicales. Algunos todavía conservan el sentido del humor y el sano juicio que les permite evaluar el desempeño presidencial en el día a día, para bien o para mal. Sin embargo, del mismo modo existen también los contrarios, igualmente radicales que las Adoratrices, pero estos son “Infieles sin fe ni esperanza”, que parecieran desear que ocurra una catástrofe de proporciones diluvianas para endosársela al AMLO y quemarlo en leña verde aunque de paso nos cargue el demonio vestido de payaso a todos. Ya hablaré en futuros textos sobre cada uno de estos grupos. Hoy me ocuparé de la Orden de las Adoratrices Andresmanuelinas, de las mujeres…porque los hombres, aunque de la misma línea, se manejan de forma distinta y merecen su texto aparte.

Alguna vez estuve a punto de ordenarme también yo en la tan entusiasta orden, pero no hubiera pasado de ser una mera “novicia rebelde”, porque yo no sé ver nada más un lado de las cosas, no sé callar mis dudas, no sé reprimir mis opiniones, no se adorar sin remilgos, no sé creer a ciegas, ni guardarme las preguntas ni aguantarme infconformidades. Así que –ahora sí que sin duda, me hubiesen corrido de la orden antes de que cantara un gallo previo baño con agua de batería en lugar de bendita. Y es que la Orden de las Adoratrices Andresmanuelinas, tiene un código muy estricto, -no cualquiera reune las características necesarias- Estas mujeres han hecho de sus convicciones políticas un dogma de fe, y de su sufragio un voto de incondicionalidad absoluta. Todo lo que hace y dice su ídolo lo justifican, todo lo interiorizan y lo personalizan. Lo arropan, lo protegen, le dedican alabanzas, se entregan sin reservas, lo siguen sin preguntar a dónde va y ven al enemigo en todas partes. Cada crítica hacia su ídolo, la toman como ofensa personal y como si les quemara en carne propia.

Pero así como profesan su culto con ese celo que supera a la filiación y fidelidad terrenal, también son capaces de defenderle con ferocidad implacable ante la mínima insinuación de desaprobación por parte de quienes pensamos diferente. Cual si fueran una legión ideológica aparte. No tarda en caer el sermón, la condena, el pellizco y la nalgada, la reprobación llena de furia e indignación. Las Superioras, sacan su varita de pirul con ganas de castigar a quienes, por criticar a su ídolo, ellas consideran blasfemos.

Algunas amigas mías se han vuelto Adoratrices Andresmanuelinas. De aquellas brillantes libres pensadoras poseedoras de mentes inquisitivas, que parecían tan sagaces como indómitas, ahora solo quedan pálidos recuerdos. Desde que tomaron los hábitos Andresmanuelinos, se han vuelto intratables, inflexibles, adustas, severas, rígidas, regañonas. Ven a su ídolo como un mártir de la incomprensión, deshacen las madejas de discursos sin sentido y llenos de contradicciones y luego lo retejen con preciosas interpretaciones y palabras comprensibles que ni su mismo ídolo reconocería como propias. Creo que en ocasiones se visualizan como mártires de la incomprensión, víctimas de los malos de malolandia, guerreras sin cuartel dispuestas a pelear contra los infieles ingratos y viperinos, sacrílegos y blasfemos que se atreven a ofender con sus lenguas y sus plumas mercenarias al objeto de su adoración.

Convencidas todas ellas de que, en su fe ciega radica su salvación y que quienes no profesen su mismo credo político, estarán condenados a vovler a los infiernos del PRIAN. ¡Que el DETENTE nos proteja!

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