De lo vano a lo esencial

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—Licenciado, en esta junta de gabinete discutiremos un tema importantísimo: ¿serán de plástico o cuero las carrilleras de los jinetes que participarán en la puesta en escena del centenario de nuestra gran batalla?

Por supuesto que el procurador ironizaba al dirigirse a mí, su vecino en la enorme mesa de la oficina del gobernador de un estado del centro norte de México.

El experto en temas jurídicos, pero igual o más en los de la vida, era un genio para recurrir a la burla disimulada de los evidentes asuntos sin importancia encabezados por el mandatario y tratados en pleno por sus colaboradores del primer nivel.

¿Cuántas horas o meses enteros de mi existencia habré ocupado en reuniones así?

Recuerdo otro caso similar por su superficialidad, en torno al que citaré la lección de su fondo, pese a no estar precisamente relacionado con el tema central de esta columna.

Estábamos en una reunión para decidir cómo serían las macetas o floreros que adornarían el escenario del teatro donde tendría lugar el informe de un alcalde norteño, en ese momento actor del juego de la democracia dirigido por el mandatario estatal, quien a dos presidentes municipales simultáneamente alegraba (¿o preocupaba?) alentándoles ilusiones para sucederlo en el gobierno estatal.

La discusión no hubiera pasado de un episodio intrascendente más, a no ser porque esta vez el asunto dio paso a una inesperada declaración.

Participaba en la reunión una joven, segura y atractiva dama, quien, sin inmutarse por algunas miradas y expresiones no solicitadas alusivas a su belleza, no sólo resolvió el principal asunto de la junta, sino dio, en términos llanos, una “sopa de su propio chocolate” a quienes se suponían émulos de Don Juan.

—Anoche fui con mi novio al motel del periférico y aproveché para tomar unas fotos de los maceteros, que son justo como algunos de ustedes los quieren— disparó con voz clara y firme y, sin más, extendió las gráficas sobre las mesas, precisó dónde debería colocarse la ornamentación floral e informó acerca del proveedor que tenía en existencia el material necesario. Ninguno de los funcionarios que minutos atrás se suponía conquistador, se atrevió ya a insinuar siquiera algo que no estuviera directamente relacionado con el informe.

Evoco este par de experiencias a propósito de un asunto verdaderamente serio, que ejemplifica la lejanía de algunos gobiernos con relación a la esencia de su responsabilidad, que a mi corto entender no puede ser otra que contribuir al bienestar de los ciudadanos, bajo un estricto sentido de justicia que a todos garantice condiciones iguales para el desarrollo en libertad de su potencial.

La semana que acaba de terminar registró el lamentable fallecimiento de Samuel, atleta invidente de 25 años, quien al dirigirse a su trabajo cayó al andén de la estación San Bernabé del Metro de Monterrey, siendo prensado por el convoy.

Notas periodísticas informaron que además de ser un destacado deportista, era graduado de la carrera de administración de empresas, buen ciudadano y aportador de recursos para el sostenimiento de sus padres.

Aunque las mismas fuentes publicaron que la empresa estatal Metrorrey ofreció responsabilizarse de los gastos funerarios, la familia del fallecido no dejó de externar dudas sobre las circunstancias que enmarcaron el hecho, por lo que pidió ver las videograbaciones de las cámaras de seguridad, pues el joven viajaba con frecuencia en el metro y sabía transitar bien en la estación. La inquietud sobre lo sucedido manifestada por su padre, don Guadalupe, fue acrecentada por la negativa de la empresa estatal para mostrarle los videos (en caso de existir estos).

Aun en una ciudad donde mueren de manera violenta decenas de personas envueltas en un ambiente de supuesta bonanza, donde la espectacularidad banal de unos parece olvidar a muchos, el deceso de Samuel descubre, quizá sin haber existido motivo real para llegar a ello, la falta de atención integral a una familia que vive un trance de supremo dolor, así como muestra la ausencia del anuncio de medidas inmediatas para atender en ese medio de transporte a la población débil visual o carente del sentido de la vista, formada por individuos que poseen los mismos derechos y el mismo sentir de quienes sin tener merecimientos mayores gozamos a plenitud de nuestras capacidades.

Difícilmente la promoción gubernamental cambiará la percepción del ciudadano despreciando la vida de este.

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