Uno de los criterios que provoca notoriedad en un hecho noticioso es el de la prominencia. Un suceso de interés público llama más la atención si involucra a una persona famosa o reconocida.
Cuauhtémoc Blanco ha sido acusado de violación por su media hermana. El futbolista se ha convertido en un tipo impresentable. Además, no necesita presentación pues es de todos conocida su trayectoria como uno de los más brillantes referentes del futbol mexicano.
Por este señalamiento el mundialista no ha sido juzgado, ni siquiera procesado. Pero las señales mostradas por su comportamiento posterior al señalamiento mueven a considerarlo, de menos, sospechoso.
Su comportamiento ha provocado una crisis de credibilidad en la tribuna parlamentaria mexicana y recuerda la responsabilidad que deben mostrar figuras como él, seguidas por millones.
Lo que hasta ahora se observa es que Cuau ha vivido protegido por la impunidad, suponiéndose inalcanzable por los códigos legales.
Cierto, en el país, la clase política es como un sindicato de impunes. Son ellos los que crean y administran las leyes. Los que hacen cumplir la ley serían los principales obligados a cumplirla, pero no, en esta realidad del surrealismo nacional, son ellos los principales beneficiarios de los criterios a su favor emitidos por jueces y magistrados.
El caso de Blanco es ejemplar de la desobligación provocada por el estrellato. Se convirtió en un estelar instantáneo al debutar en el futbol mexicano en 1992. Su carrera estuvo llena de fulgor, con su paso por la Selección Mexicana, hasta el retiro, como jugador activo, en el 2015.
El de Tepito llamaba demasiado la atención, y su popularidad debía ser capitalizada. Se involucró con figuras de la farándula y hasta fue lanzado como actor en telenovelas.
Nunca había manifestado dotes de político, pero su arrastre descomunal con la gente hizo que le fabricaran una imagen de prócer y salvador, y en el mismo año de su retiro fue postulado como presidente municipal de Cuernavaca y obtuvo la victoria.
Sus seguidores consideraban un chiste el ascenso político, pues nunca en la cancha demostró un comportamiento sesudo, recatado, prudente, que lo hicieran suponer administrador de una ciudad.
Entonces comenzaron los cuestionamientos públicos: fue acusado de cobrar siete millones de pesos a cambio de su postulación como edil; luego se le señaló por no cumplir debidamente con el requisito de residencia, pues se mencionaba que no vivía en el municipio por el que se postuló. Nada se le comprobó.
Pero la política de livianos designios lo llevó a presentarse en el 2018 como aspirante a gobernador de Morelos, y ganó. Ya en la silla, se le acusó de cercanía con narcos y de desviar recursos por cantidades millonarias.
Hasta que estalló la escandalosa historia del intento de violación de su media hermana identificada como Nidia.
La Fiscalía de Morelos solicitó un juicio de procedencia contra el ex futbolista, para juzgarlo. Este paso es indispensable para retirarle la inmunidad constitucional que le da su condición de legislador federal. Pero volvió a escapar entre carcajadas. Sus aliados de Morena votaron en contra para permitirle disfrutar del fuero dorado, por lo que no puede ser tocado por la ley.
Sin haber sido aún sometido a juicio, se puede inferir que Cuauhtémoc es de esas aves que le han faltado el respeto a la altura. Han volado muy alto, por encima de los demás mortales, y se siente con derecho a subir más allá de lo permitido por las normas. Se ha excedido, pero no ha pagado el precio.
Podría pensar que Blanco es víctima de su propio éxito, que no estaba preparado para la molicie. No es sencillo haber crecido en un barrio humilde, moverse en transporte público y luego ser adorado como un dios del futbol y luego, poder sentarte en la misma mesa de los políticos más renombrados del país.
Las delicias que provoca el exceso del dinero, la comodidad, la fama, el acceso fácil a la sensualidad y a los placeres físicos y mundanos, lo han de movido de su centro, tambaleándolo. Ebrio de fortuna, ahora no ha podido encontrar la vertical.
Si fuera inocente aceptaría presentarse a un juicio, sin el fuero constitucional.
Pero eso no pasará. Sus compañeros políticos, compinchados, lo protegerán.
Así se escudan entre ellos.


