Tigres y la primavera perdida

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El futbol jamás ha sido una ciencia exacta. A diferencia del álgebra, en la que cada guarismo encaja a la perfección adentro de las fórmulas, en una cancha la lógica excede a la realidad y los disparates se convierten en hechos certificados, cuando rueda la pelota.

En su peor torneo en años, Tigres se ciñe la octava corona. El perro flaco de la liguilla, de pronto se convirtió en una bestia para eliminar a todos los rivales que se le pusieron en la vereda. Pero nada hacía suponer que el equipo de la Universidad Autónoma de Nuevo León tenía las espaldas lo suficientemente anchas para ceñirse la capa del monarca.

Este torneo Clausura 2023 se perfilaba para los auriazules como una época para el olvido, un paréntesis de nada que sería recordado como el tiempo en el que el club se reconstruyó, después de la gloriosa etapa de Tuca Ferretti. Se fue Miguel Herrera y llegó Diego Cocca. Salió este, encandilado por el banquillo de la Selección Nacional, y llegó Marco Antonio Ruiz, que poco pudo hacer ante un ejército de egos que, por lo que se percibe, lo rebasó en el vestidor.

Hasta Gignac, nuestro Titán supremo, el artillero que llegó del otro lado del Atlántico para darnos gloria, estaba teniendo una seguidilla de actuaciones horripilantes, con la puntería extraviada y con síntomas de cuadriplejia, a causa de la edad. Ni corría, ni anotaba y nos preocupaba que gastara más energía en reclamos al silbante que en buscar balones por aire.

El presidente de Tigres, Mauricio Culebro, desesperado caminó por el pasillo de las oficinas del Estadio Universitario y le hizo caso al letrero en la pared que decía: Rómpase en caso de incendio. Sin nada que perder, golpeó el cristal y extrajo de la vitrina a Robert Dante Siboldi, un viejo conocido de la U, para que dirigiera la parte final del torneo.

El resultado final de la campaña era lo de menos. Las excusas ya estaban puestas: el equipo estaba maltrecho y necesitaba una nueva arquitectura, así que el uruguayo se ocuparía de la dirección técnica para armarlo de nuevo, desde los pilares resquebrajados. Nadie le reclamaría nada.

Pero los augurios no se cumplieron. Por una vez falló el Oráculo. Siboldi metió a Tigres a la repesca, donde echó al Pueblita. Va, pasa, es un equipo chico que era obligatorio desechar. Muchas gracias, hasta aquí llegamos, pensamos muchos. Pero luego viene Toluca y el equipo se revalora. Golea en casa, y araña la supervivencia, en la vuelta, con un gol de último momento para avanzar a la semifinal.

Viene Rayados, el equipo que mejor ha jugado en el torneo. La eliminación de los felinos está cantadísima. No habrá reclamos para el Profe Siboldi. El costo será alto, pues la carrilla en la ciudad es muy pesada para quien pierde el clásico, y más en eliminatoria. Sin embargo, ya hay resignación para pasar una primavera perdida.

Pero qué va, el flaco tigrito sacó la dignidad y se negó a ser maltratado. En duelo de estrategias, eliminó a Monterrey y destruyó el mito de Víctor Manuel Vucetich, el Rey Midas. Al ganar la llave, el conjunto universitario hizo que corrieran al estratega que supuestamente convertía en éxitos todos sus proyectos, porque no supo manejar una serie que parecía ganada.

Para cuando llega a la final, Tigres y toda su afición desisten de los pensamientos derrotistas. En tres semanas inspiradoras se han cansado de presentarse como la víctima propicia. Es tiempo de tomar control de la situación.

El equipo de la UANL sabe que puede aspirar a la grandeza. Ahí está el cetro y es necesario arrebatarlo, llevárselo de un zarpazo.

Luego de un frío empate sin goles en la Ida, viene la vuelta que inicia con una vertiginosa pesadilla. Al minuto veinte, Chivas ya gana por dos goles. El gran gato de bengala ya está frito, pensamos. Lo que queremos ahora es que Guadalajara no se ensañe, que no nos golee, pensamos agobiados por fantasmas de fracasos pasados.

Pero, lo dicho, para algunos el futbol es como el campo de los sueños. Para otros es el terreno donde se materializan los incubos peores. Los tapatíos tienen el trámite controlado en el Estadio Akron, de Zapopan. Arrullan el balón mientras ven el marcador con una ventaja muy cómoda. Algunos jugadores del chiverío, fanfarrones, arengan a la afición agitando los brazos, pidiéndoles aliento, incorporándolos al festejo que ya viven en el terreno de juego, porque estos tigrillos maúllan y no rugen.

Y entonces ocurre un episodio de la Isla de la Fantasía, esa serie de televisión en el que los caprichosos deseos se materializaban, por obra de la magia. El juego se convierte en un evento de ficción., en el que resultan protagonistas inesperados. Se repliegan a roles secundarios los chivahermanos Alexis Vega, Alan Mozo y el Pollo Alvarado, y surgen como estelares los viejos tigres de siempre: André Pierre Gignac, Nahuel Guzmán, Guido Pizarro, Rafa Carioca, Luis Quiñones, Javier Aquino, la Liga de la Justicia, que cada año da la cara por la institución.

El francés anota de penal y se aproxima al marcador. Luego hace lo propio Sebastián Córdova y se empata el juego. El árbitro César Ramos ordena el alargue y en el segundo tiempo extra, luego de una serie de cabezazos, la diosa fortuna, siempre veleidosa, en los momentos de mayor angustia decide darle el favor a los Tigres. Hace que un cabezazo deschistado de Guido rebote en la nuca de un zaguero chiva. El balón flota lentamente, como en un sueño, ante la mirada de todos, visitantes y locales que, por una fracción de segundo, lo ven volar inalcanzable, hasta que el globo se echa a dormir en la maraña de piolas.

Fue suficiente. El más flaco de los competidores, el que tenía menos opciones para cantar victoria, fue el que pudo llegar hasta donde estaba la campana de los ganadores para hacerla sonar con estruendo, reclamando la victoria. El final fue un giro inesperado a un drama que parecía la aburrida historia conocida, en la que el favorito simplemente aplastaba a su oponente, en medio de una pachanga en la tribuna. Ya hemos visto esos carnavales millones de veces antes.

Pero la noche del domingo 28 de mayo fue diferente. Fue una velada en la que el mundo se puso de cabeza, Alicia se metió en lo más profundo de la madriguera y encontró que todo estaba alrevesado, como en un espejo. El rebaño caprino de pronto enloqueció a causa del pánico o porque lo paralizó el miedo al éxito.

Pero su rival se avivó. Tigres encontró que la voluntad es el más preciado de los poderes espirituales y que con un deseo vehemente se puede conseguir cualquier propósito. Esa noche Tigres quiso ser campeón, lo deseó con muchísimas ganas y lo consiguió.

(Lo olvidaba: hace algunos días dije que Tigres sería echado pronto en esta Liguilla. Por ahí está escrito. Buscaré el texto, lo imprimiré y lo convertiré en una deliciosa sopa, para tragarme cada una de mis palabras).

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