Alfredo Moreno Ricart era un empresario muy diferente al resto, porque en los peores tiempos para Reynosa a causa de la inseguridad y el secuestro de hombres de negocios como él, nunca se echó para atrás ni invirtió su dinero en el Valle de Texas.
Miembro de una familia estimada en la frontera de Tamaulipas, el amante de los animales y dueño del Zoológico de Reynosa, se hizo querer por muchas personas que no teníamos el gusto de conocerlo, menos de recibir las atenciones cuando íbamos a desconectarnos de la rutina de trabajo a un paraíso natural que edificó junto al río Bravo.
Alfredo siempre quiso que las personas de escasos recursos conocieran ese lugar ofreciendo pases de cortesía sin importar la temporada, porque privilegiaba la felicidad de los niños y la convivencia familiar antes de pensar que estaba perdiendo dinero.
Así, el Zoológico de Reynosa se convirtió en el paseo ideal para un segmento de la sociedad que difícilmente podía planear un sábado o domingo navegando en el Pachamama sobre el río Bravo; recorriendo el safari y observando animales en su ambiente natural.
Ahí estaba él, mostrando en la granja sus cabras y conejos, y viéndolo jugar con dos tigres de bengala que eran sus hijos adoptivos.
Alfredo nunca hizo sentir diferente a nadie cuando con su sombrero color kaki y sus shorts tomaba las fotos a los paseantes con sus especies; cuando te platicaba del origen de su fiel perrita de nombre “Petrona”, y sobre el alto costo que implicaba alimentar a los inquilinos de dos o cuatro patas sin el suficiente apoyo de las autoridades.
Desde 2010 cuando la violencia sacudió a Tamaulipas, Reynosa no estuvo exenta. Pero Alfredo no hizo lo mismo que otros empresarios: de agarrar su dinero y sus chivas -por cierto, esos animales abundan en el Zoológico-, para abrir un negocio en McAllen o Mission, Texas.
Nada de eso. Con mucho valor comenzó a planear la apertura de ese atractivo natural en un terreno propiedad de los hermanos Moreno Ricart, optando por acercar el mundo animal a los reynosenses sin visa que son mayoría, quienes no podían cruzar la frontera para pasear en los cómodos centros y plazas comerciales del Valle, mucho menos ir al Sea World de San Antonio.
El empresario parecía no serlo cuando se trepaba al viejo camión repartiendo a los visitantes tortillas y pedazos de zanahorias para alimentar a los camellos, bisontes y búfalos en el paseo del safari, como si fuera un empleado más. O recogiendo basura en las márgenes del río junto al lago y la zona de palapas y asadores.
Y si alguna familia estaba asando pollo o carne sonriente llegaba a pedirles un taco, invitándolos a pasear en el Pachamama que estaba por empezar su recorrido.
Hace como dos semanas me mandó cien cortesías a las oficinas de Hora Cero para que fueran regaladas a personas con limitaciones económicas de Reynosa.
Coincidencia o no, aún tengo 46 pases, como la edad de Alfredo cuando se fue al Cielo a jugar con sus nuevos amigos tigres que ya lo esperaban.
Descansa en paz amigo.


