Con gran consternación nos enteramos de los hechos ocurridos el día de hoy, 10 de enero 2020, en el Colegio Cervantes de la ciudad de Torreón, Coahuila. Con tan solo doce años de edad, un niño tuvo acceso a (presuntamente) dos armas de fuego con las que disparó y mató a dos personas: a un alumno y a una maestra del plantel. La primera pregunta que viene a la mente es: “¿Cómo es que un pequeño niño de tan solo doce años, alumno del sexto grado de primaria, pudo tener acceso a un arma de fuego (pistola tipo escuadra) cargada y lista para dispararse?” La pregunta es válida, por supuesto; pero su respuesta no nos conduce por el camino correcto hacia la búsqueda de medidas de prevención para que hechos de esta naturaleza no se repitan, o que no nos suceda en México como en Estados Unidos, donde casos así se han vuelto terroríficamente comunes.
Lo normal, o digamos que lo típicamente humano es buscar culpables y generalmente se señala a los padres, quienes indudablemente sufren los horrores y consecuencias penales y los estigmas sociales que el acto perpetrado por su pequeño hijo produce. Nadie desearía estar en el lugar de los padres de un pequeño psicópata o sociópata. Otra pregunta válida es: ¿Tenía este menor algún antecedente de problemas o trastornos de la conducta? ¿Hacen las escuelas y colegios estudios psicométricos a los alumnos que ingresan en sus planteles? ¿Se realizan este tipo de evaluaciones periódicamente?…De ahí podemos pasar a culpar a la desintegración y violencia familiar, a los video juegos, a los programas de televisión con contenidos violentos, y hasta a la música del hip-hop. Pero es así como nos perdemos entre detonadores y síntomas sin llegar a la raíz del problema: la psicopatía infantil.
Apenas hasta hace poco comenzamos a hablar más abiertamente sobre el tema de la salud mental en los adultos, pero este mismo tema en relación a los niños con trastornos mentales congénitos severos de carácter sociópata o psicópata sigue siendo tabú en muchas familias. Aclaro que no puedo asegurar que el menor en este caso padeciera de algún trastorno mental que lo convirtió en asesino…pero aun a su corta edad, el menor aún con toda su inocencia, ya sabe que las armas de fuego son para matar y tuvo acceso a armas; igual pudo tomar un cuchillo del cajón de la cocina. Lo interesante de este caso es que anteriormente, un niño que encontraba un arma en su casa, corría el riesgo de dispararse a sí mismo accidentalmente y morir. En este caso, el niño tomó el arma, la llevó a la escuela la sacó y la disparó contra otras personas y luego contra sí mismo. Esto le da una dimensión terrorífica muy distinta al hecho. ¿Había acaso un plan por más descabellado que éste fuera? ¿Hubo premeditación, alevosía y ventaja?
La psicopatología infantil y de los adolescentes sigue siendo un tema tabú que se oculta bajo el manto de un amor malentendido. Desde la perspectiva de la psicología evolutiva, se refiere que los trastornos psicológicos severos en menores son más comunes de lo que se admite. Entre los más comunes están la esquizofrenia, la depresión severa, los trastornos de ansiedad, y la neurosis. Pero la imposibilidad de abordar y tratar estos trastornos a tiempo se debe principalmente a la negación de los padres ante el trastorno del niño además de la culpa que los padres sienten ante los problemas de conducta que el menor va presentando como signos de su progresiva patología.
Los intercambios y endosos de culpas entre los padres, los conflictos familiares ante lo evidente, el dolor mismo que ocasiona reconocer que un hijo pequeño comienza a mostrar signos de locura, el estigma social y sobre todo la negación, entre muchos otros factores, son obstáculos que impiden brindarle al menor enfermo la atención profesional que requiere con urgencia desde las más tempranas manifestaciones de conductas anormales, y se traduce en una irreparable pérdida teniendo una bomba de tiempo entre las manos. Lo más triste es que todos estos factores, así como el hecho de pretender que todo está bien y que es una “etapa transitoria” en el desarrollo del niño, está enraizado en un sentimiento de dolor y de amor mal entendido. Nadie puede cambiar, controlar o prevenir algo que en primera instancia no sea reconocido, pero sobre todo, nunca se debe subestimar el poder obstructivo de la negación. No hay peor ciego que aquel que no quiere ver.


