El 15 de junio fue el Día Mundial de Toma de Conciencia de Abuso y Maltrato en la Vejez. La vejez es quizás la etapa más difícil dentro del proceso del desarrollo humano. Tal vez por eso llega al último y eso significa que tenemos toda una vida para prepararnos para la senectud. Dice un refrán que “en esta vida, todo lo que nos sucede siendo adultos, sucede porque lo permitimos o porque lo provocamos”. Una de las razones por las que me gusta ese concepto, es porque nos libera de la victimización y nos confiere responsabilidad.
Es algo así como decir que “se cosecha lo que se siembra”. Partiendo de esa perspectiva, evitar convertirnos en ancianos víctimas de abuso o de maltrato, depende en gran medida de nosotros mismos; es decir, depende de cómo hayamos vivido nuestra vida durante las etapas anteriores a la vejez. Eso es en primera instancia, tomar conciencia.
“Honrarás a tu padre y a tu madre” es uno de los primeros cinco de entre los Diez Mandamientos de la tradición judeocristiana. Pero la honra, -como el respeto-, se siembra, se cosecha, se gana, se construye y se fortalece, a base de congruencia, constancia, coherencia, consistencia, cordialidad, etc. Aunque nada justifica el maltrato, el abanonó y el abuso contra los mayores, sí hay circunstancias que por lo menos, lo explican. No todo el mundo tiene la suerte de haber tenido buenos padres dignos de honra y veneración incondicional. Muchos hogares en el mundo están habitados por niños y niñas que viven a diario el infierno que causan sus padres/madres violentos, abusivos, viciosos, ausentes, negligentes, narcisistas, egoístas y aterrorizantes.
El adagio de “Como me ves te verás” aplica en ambas direcciones: de padres a hijos y de hijos a padres. Nadie parece decirles a esos padres que el infierno que están causando en la infancia y adolescencia de sus hijos, les pasará la factura y será el averno en el que ellos mismos pasarán los últimos días de su vida.
Si bien es cierto que existe mucha injusticia, abuso y maltrato inmerecido; creo que es mucho más común el maltrato aprendido de forma transgeneracional: de padres a hijos y luego de hijos a padres. Durante mi postgrado en psicogerontología, visité muchos asilos, estancias para personas mayores y residencias de asistencia para adultos de la tercera edad… fui a lugares públicos y privados, económicos y de lujo y en todos, encontré las mismas historias: aquellos ancianos o ancianas que habían sabido tejer vínculos afectivos fuertes y sanos con sus descendientes (hijos y nietos) eran siempre los mejor atendidos por sus familias. Les llamaban y visitaban con frecuencia, los sacaban a pasear, los familiares formaban buenas vías de comunicación con los cuidadores y se mantenían al pendiente del bienestar de su anciano. Por el contrario, los envejecientes “abandonados”, los que estaban muy solos y olvidados se encontraban en esa circunstancia básicamente por dos razones: o no tenían absolutamente a nadie (no tenían hijos, nietos, u otros familiares cercanos) o simplemente –por una u otra razón- no habían sabido construir vínculos familiares afectivos y estables… Más de un 80% de los ancianos abandonados habían sido violentos, abusivos, viciosos, o habían abandonado a sus familias física o emocionalmente durante su juventud.
La preparación para la vejez es tan importante que de ello depende la calidad de vida que podamos tener en esa etapa cuando lleguemos (si es que llegamos) a ella. Una pensión decente, una salud lo suficientemente bien cultivada como para evitar la decrepitud, buenos lazos afectivos familiares, una conciencia tranquila hacen toda la diferencia. Erik Erikson, el psicólogo norteamericano experto en desarrollo humano dice que llegar a la vejez con integridad o con desolación, depende de cómo hayamos vivido las etapas anteriores….Efectivamente, al final de la vida, “se cosecha lo que se siembra”: Integridad o desolación.


