Cultura de la corrupción

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El fin de semana pasado fuimos al supermercado. Era domingo muy temprano. Sólo compramos tres artículos: huevo, leche y tortilla. La fila para pagar nuestro consumo (la express, esa de no más de 15 artículos) avanzaba con rapidez. Ya ahí, la señorita que atiende se nos acercó y me comentó que seríamos los últimos en atender, pues interumpiría su turno para hacer otro encargo.

Unos instantes después, una mujer con su hija se formaron detrás de nosotros, por lo que les comenté que ya no cobrarían y, así sin más sin reclamar, se encaminaron a otra caja de pago. Dos personas más se acercaron y sucedió lo mismo: yo informaba y ellos se dirigían a otra caja, Hasta que llegó una mujer con, yo me imagino, su hija y otras tres jóvenes y le comenté lo sabido, que ya no cobrarían.

Acto seguido, la mujer se dirigió a hablar con la empleada de la caja y regresó con cara de satisfacción a decir a su hija y compañeras que tenía “conectes” y que sí le iban a cobrar. Yo, hasta ese momento, no hice mayor comentario. Pero no fue sino cuando se acercó una persona a formarse en la línea cuando aquello ya no me pareció. La señora en cuestión le dijo que ya no le cobrarían, pues era la última de la fila.

Mi reacción fue simple, llamé al joven y le dije que se formara, pues yo le diría a la cajera que sí le cobrarían. Así que me dirijí a la empleada -ya era mi turno para pagar mis tres artículos – y le comenté que no me parecía justo que le cobrara a la señora que está detrás de mi pues yo, siguiendo sus intrucciones, había mandado a otras tres personas a buscar otra caja.

La empleada me dijo que ella lo que quería es ya irse a almorzar, mientras que la señora detrás de nosotros en voz alta comentaba con sus acompañantes que yo era un imbécil ignorante y que ella trabajaba ahí. Le insistí a la empleada que si tal era su urgencia no debió aceptar a la persona que venía detrás y que le pedía que, por lo tanto, debía atender a aquel joven que ahora resultaba ser el último en la fila… pues ella había dejado abierta esa posibilidad. Total que nos cobraron los artículos y nos retiramos.

La corrupción está dentro del ADN mexicano. Buscamos el arreglo, el beneficio, el “conecte” a la mala. Nos saltamos las pequeñas disposiciones y nos burlamos de la autoridad. Para aplicar la ley del mínimo esfuerzo y del máximo beneficio en su total y plena manifestación.

Querer eliminar la corrupción en la política está muy bien. Querer que las madres de familia te apoyen para que los hijos (los nuevos mexicanos) sean menos corruptos está también muy bien (AMLO hizo esta solicitud en días pasados a las “madrecitas” mexicanas). Pero si no ponemos las bases para un cambio total de cultura (no solo de la legalidad) en la que evitemos el mal (sea cual sea este) y prefiramos el bien, el cambio de sociedad va a ser imposible.

Intentar seguir las disposiciones que nos dan a veces nos resulta embarazoso. Pero parece necesario. La indignación surge cuando es la misma “autoridad” que da la indicación quien corrompe su propia regla.

Forjar un mejor país supone la participación individual de todos. Ya sabemos que el todo es mayor que la parte, pero sin cada parte el todo se imposibilita. Ya lo decía Tomás de Aquino, un pequeño error al principio es un gran error al final.

Esta Jirafa conspicua, sigue atenta.

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