Ricardo aceptaba en principio la acepción de entonces y su eventual expansión remitiéndose al antiguo nombre del estado, Nuevo Reino de León. Yo le argumentaba que si los escrúpulos decimonónicos republicanos no consideraron esa referencia monárquica del Estado, tal vez algunos nuevoleoneses la recordarían, pero fuera del estado no.
Lo importante no es cómo nos llamemos a nosotros mismos sino cómo nos identifican los demás. Lo de “regio” lo entendería en todo caso por Monterrey, unos tristes 300 y pico de kilómetros cuadrados asfaltados y contaminados; justificando el carácter ahorrativo nuevoleonés se tragaron “montano”, pero no más. “Regio” me parecía muy pretencioso (mamilas) por la acepción básica del término, y más pretencioso querer imponerlo a toda la metrópoli y, en ese entonces, a todo el estado. El centralismo regional pavoneándose, el caciquismo capitalino local.
No lo convencí del todo, pero coincidimos ambos en que, por desgracia, muchos términos los impone el uso, aunque sean absurdos y acaben desplazando los términos adecuados. Roberto Gómez Bolaños podría dar fe de ese fenómeno.
Hay, claro, chilangos autóctonos. He conocido algunos detestables, pero he conocido a otros extraordinarios. Igual que en Chilangolandia, en Regiolandia también cocemos bien las habas, y he conocido compatriotas “regios” más indigeribles que la cáscara del tomate. También aquí hay mestizaje “provinciano”, y no faltan “regios” que presumen su origen municipal-rural como sello heráldico, aunque lo “regio” los haya incapacitado ya no sólo para respetar a la Naturaleza, también para estar más de un fin de semana en ella.
Sin embargo, los gobiernos actúan como si en verdad respondieran al mandato de todos. Una parte de los ciudadanos de Nuevo León votó por Samuel García, y quiero suponer que al hacerlo avaló su sofisma de campaña que pone a los nuevoleoneses (“regios”, infiero), por encima de los demás estados de la República, un poco nuevos arios con melanina marca Simi.
Si esta es la premisa del nuevo gobierno estatal, estaríamos en la ruta de repetir también, en corto, aquel del desprecio del que nos quejamos durante años respecto a la capital del país. O más bien, acentuarlo, porque ya lo hemos ejercido contra los municipios que están más allá de los límites del área metropolitana. No habría salvación para ese otro Nuevo León, el más auténtico, por cierto.
Decía mi agüelo que el poder cambia a la gente, que a los buenos los hace malos; a los malos, peores; pero a veces, raras veces, “los hace entender a los jodidos”. Espero que sea el caso y Samuel se quite la etiqueta de “regio”, se ponga la casaca de nuevoleonés, y asuma la transición administrativa, no política ni social. Sobre todo no social, porque insistir en esa superioridad “regia” regional sólo es un populismo chafa para desdichados sin autoestima y con un pasado amnésico. Fomentar esa idea, es precipitarnos al abismo de disolución de nuestra verdadera identidad para construir otra completamente falsa.


