Desvaríos sobre el miedo

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Que ahí vienen de nuevo los corruptos, que el partido en el poder está acabando con el país, que Trump quiere regresar…

Que mejor espero el amanecer para salir a caminar, que no sé si haya agua en la casa, que no tardan en llegar los recibos…

¿Y me preguntas por qué tengo miedo?

Tenerlo es acatar la orden que da la naturaleza a los animales racionales e irracionales para preservarlos, pero alentarlo forma parte de la estrategia de los hombres para manipular y controlar a sus semejantes.

En los humanos, el miedo es aquello que toma la mano del individuo y lo acompaña hasta en su última exhalación, justo cuando admite que fue inútil angustiarse por lo inevitable.

Como podrá ser evidente, uno de los temas que suelen sobrevolar el espacio donde debería estar mi mente, es el miedo.

Retomo entonces ese interés en torno al temor o la incertidumbre sobre la posibilidad de sufrir daño, y someto al cuestionamiento del lector algunas ideas dispersas con relación al tema, por supuesto sin motivación alguna en el clima nacional.

Imposible definirlo con palabras, insostenible negarlo cuando aprieta como poderosa mano al corazón, órgano que debe sublimar su fuerza si no quiere acabar estrangulado.

Dedicar el suspiro de la vida a evitarlo, es convertir lo corto en imperceptible o echar a la basura el instante en el que se vive, adelantando la inmovilidad eterna a la que condena la muerte.

En cambio, admitir que resulta inherente al ser mortal, en quien es el pago por vivir, pero también el precio de su gozo, lleva a experimentar la misma cortedad del suspiro de la existencia, pero ahora perdiendo esta lo absurdo.

¿Maldito o bendito miedo?
II

Por paradójico que resulte, la ausencia de temor en algunas personas causa que otras lo sufran.

El temor a quien sin miedo a jueces o leyes conduce el rumbo de un pueblo, posiblemente es el más grande en cualquier sociedad.

La pérdida de temor al juicio propio y de los demás, desvergüenza pura, es aviso de próxima y temida catástrofe.

¡Qué temor al no temor!
III

¿Cómo no tenerle miedo a quien involuntariamente confiesa su ignorancia diciendo que sabe todo?

Quien pretende asumirse ante los demás como un individuo superior por la temporalidad de una posición de poder, provoca la risa causada por el payaso y el miedo infundido por el desquiciado.

Más terror debe provocar el hombre armado de soberbia, que el pertrechado con plomo.

IV

Cuando se llega a la disyuntiva de admitir la derrota o soñar con el triunfo, de envolverse en dolor o placer, el aire transporta el aroma salido de una misma fuente, pero causante de dos percepciones opuestas.

El olor de la angustia que surge frente a lo desconocido impregna el momento en el cual el ser humano decide evitar lo impredecible, al igual que sucede cuando opta por avanzar hasta donde lo esperan el descanso eterno o el gozo efímero de ganarle a su miedo. Lo primero huele a podrido, lo segundo a perfume.

Disfrutar la vida o estar muerto dentro de ella, aunque el corazón lata, dependería de diferenciar un hedor de una fragancia.
V

El miedo podrá ser sólo uno, pero sus reacciones muchas, aunque ninguna dé un resultado más allá del reflejado en la dignidad de quien lo vive y decide cómo enfrentarlo.

La televisión muestra atribulado a Daniel Carrillo, alcalde de San Nicolás de los Garza, Nuevo León, quien se hace presente en el bloqueo de una importante avenida, protagonizado por molestos manifestantes exigiendo el restablecimiento del servicio domiciliario de agua. A los ciudadanos que lo encaran el funcionario ofrece camiones cisterna, pues sólo esto se encuentra dentro de sus atribuciones y puede cumplir.

Al menos inicialmente, su ofrecimiento es rechazado, pero continúa escuchando a los inconformes.

Poco después, redes sociales presentan al gobernador de Zacatecas, David Monreal, caminar indiferente entre un grupo de mujeres, que en el marco del desfile del 16 de septiembre en la capital de su estado, le piden acciones para localizar a personas desaparecidas. Parece que ni las oye ni las ve.

Hay ocasiones en las que el miedo puede ser el mismo, pero no la dignidad de quien lo padece.

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