Dicen que Nueva York es la ciudad que nunca duerme y debes entrar de lleno en el bullicio del centro de la ciudad, para entender la melodía que el famoso cantante y acusado de mafioso, Frank Sinatra, cantó para todo el orbe. Sinatra tiene razón, porque a cualquier hora del día todo parece igual. Cuando da sueño, y constatas que a los demás no, piensas que la gente es sonámbula, porque a cualquier hora del día, se ven igual.
Arribar a Nueva York por aeronave, empieza por la obligación de procurar un asiento en ventanilla, aunque viajes en clase turística, para poder asomarte e intentar ver la estatua de la libertad lo más que puedas. Es también obligado recordar que esa enorme estatua de color verde pistache fue regalada por el gobierno francés a los Estados Unidos. ¿Y porque no mejor se quedaron con ella? se preguntan los pasajeros tratando de justificar su envidia innata mientras voltean la cabeza como la niña del Exorcista para ver lo más que se pueda de la famosa figura.
La ciudad de los enormes espectaculares y marquesinas es también caótica. Las luces estrambóticas de los anuncios de los bares, teatros y restaurantes, resplandecen como si la intención de sus intermitentes rayos luminosos trataran de que nunca los olvides. La gran cantidad de “Cabs”, o taxis amarillos color yema de huevo, son tripulados por latinos, italianos o musulmanes, estos últimos ataviados con una especie de turbante.
Todos en su mundo. Yendo y viniendo para todos lados, como si fuera un desorden organizado que se asemeja a un hormiguero en anarquía antes de que llegue el invierno. Intentar hablar el inglés con cualquiera de los choferes, es como querer descifrar un jeroglífico con un diccionario de la Real Academia Española a un lado. Entiendo que lo mejor es escribir el lugar a donde quieres que te lleven en un papelito y dárselo para que el chofer lo lea y quedarse callado hasta que te enteras cuando se detiene el carro.
Las calles están llenas de gente ensimismada. Cada quien trae en su cabeza el desconcierto de lo que debe hacer ese día. El cansancio con que han de llegar a su casa cuando termina el ajetreo de la jornada diaria debe ser terrible.
La vestimenta raya en las oblicuidades individuales, o lo que es lo mismo, cada quien se viste como Dios le da a entender. Las excentricidades de los transeúntes se validan por la apertura cultural de la ciudad a los usos y costumbres de todo el mundo. Abunda la gente tatuada y perforada con metales de acero inoxidable, desafiando las tradiciones que la mayoría de la gente conserva. Creo que poco a poco, en base a insistir en ser como quieren ser, empezamos a verlos sin que nos provoquen algún tipo de sensación.
Proliferan carritos donde se venden hamburguesas y “hot dogs” en las esquinas de cualquier calle o avenida y es usual ver gente de todo tipo y de todos los estratos sociales, desde ejecutivos de oficinas gubernamentales, hasta famosos personajes de la vida intelectual, artística y financiera, consumir este tipo de comida rápida. Se considera algo “snob” que estas personas aprovechan para ser retratados por algún magazine de moda. La mostaza fuerte que muchos le embarran a los “pretzels” de origen germánico, dan náuseas.
Llegar a la “Gran Manzana” es entrar a un mundo estrafalario e ilógico, donde cada quien es dueño de su cada cual. Lo vertiginoso de la ciudad a las 12 del día, expresa la inmediatez de la vida y la liviandad de los sexos. Es algo raro, si se compara con la vida de nuestras ciudades que son conservadoras y puritanas. Resulta curioso, cómo a pesar de estar en el mismo mundo, la gente puede ser tan distinta. Ahí todo es arte, artistas y querer innovar.
Conseguir habitar una casa o un departamento digno es un avatar que hay que vencer con paciencia. Quizás por eso se han acostumbrado a remozar con dignidad la vivienda que se va a habitar. Sin duda que se ha vuelto un “snobismo”, eso de modernizar pisos enteros arriba de bodegas, sótanos, tiendas y mercados.
Pero en fin.
Nueva York es un destino para muchos jóvenes latinoamericanos que la ven como la culminación del “sueño americano” o sea, para alcanzar la felicidad y el éxito.
Pero lo más grave, es que los peores empleos, “que ni los negros quieren hacer”, diría Vicente Fox, los tienen los miles de profesionistas mexicanos recién egresados de las universidades públicas de la frontera norte, que ante la falta de oportunidades en esta mágica patria, trabajan en el país vecino para “ahorrar” lo suficiente y así, regresar a México a poner un negocio.
Sólo que en la mayoría de la ciudades fronterizas de este lado, hay cientos y cientos de negocios cerrados, cientos y cientos de casas deshabitadas y miles y miles de jóvenes pidiendo empleo, aunque sea de mala paga, con el propósito de no engrosar las filas del crimen organizado.
Y aunque regresen con las alforjas rellenas de billetes verdes y con el legítimo sueño de triunfar, la realidad es muy distante a sus ilusiones.
En Nueva York, nuestros muchachos trabajan de lavaplatos en los restaurantes, en los de “fast food” y también en los más elegantes. Al fin y al cabo, la ilusión de regresar se acaba cuando se enteran que acá, no hay nada que hacer.
Y da mucha tristeza saberlo y más, verlos.

