Cuando era niña y se llegaba la fecha de mi cumpleaños, por lo general se hacía un pastel de chocolate en casa. Yo me sentaba en la cocina a ver el proceso de mezclar los ingredientes, batir la masa, verterla en el molde previamente engrasado y espolvoreado con harina, meterlo en el horno precalentado, esperar a que se cociera y pudiera salir del horno y luego a que se enfriara para poder sacarlo del molde sin que se rompiera y finalmente untarle el betún de chocolate.
El proceso de principio a fin me parecía eterno. Veía a cada rato el reloj de batería con números grandotes que estaba colgado en la pared de la cocina con un segundero que apenas sí se movía.
Era como estar en el limbo, en una larga y pasmosa pausa. Yo no tenía control alguno sobre la velocidad con la que las cosas pasaran; no era como pedalear mi bicicleta, que si pedaleo más fuerte más rápido iría y más lejos podría llegar.
Alguien me dijo alguna vez que si ponía un caso con agua a hervir y me le quedaba viendo, el agua no herviría nunca.
Puse a prueba este raro concepto… pude comprobar que es un vil mito. El agua finalmente comenzó a hervir… pero he de confesar que me cansé de quedármele viendo y me pareció que el tiempo que tardó el agua en hervir era mucho.
Alguien me dijo también que en las esquelas de quienes fallecen o grabadas en las lápidas donde yacen los difuntos, se suele poner la fecha de nacimiento, un guión y la fecha de nacimiento. Por ejemplo (1975 – 2020).
Ese pequeño guión entre una fecha y otra representa nuestra vida. La vida es lo que nos sucede entre el momento en que nacemos y el momento en que morimos. Por eso Charles Darwin decía: “Aquel que se atreve a desperdiciar una hora de tiempo, no ha descubierto el valor de la vida”.
“El que espera desespera”, dice el refrán popular… En las espera nos volvemos presas de una ansiedad que nos carcome por saber en qué momento llegarán los procesos a su término.
Por ejemplo: ¿Cuándo diantres se va a acabar esta contingencia sanitaria que nos tiene viviendo como en pausa y entre paréntesis desde hace ya buen rato? Bueno, pues se va a acabar cuando descubran la vacuna efectiva, la patenten, la produzcan por miles de millones, la distribuyan en todo el mundo, la pongan al alcance de las personas y se apliquen. Mientras tanto, solo nos queda esperar.
Esperar a no contagiarnos, esperar a no morir enfermos, esperar a encontrar la forma de volver a darle sentido y propósito a nuestras vidas esperar a ver qué queda de esa vieja realidad que se derrumba frente a nosotros, esperar a que se construya algo nuevo a partir de los escombros… esperar, esperar, esperar, sin desesperar.
La espera no tiene por qué ser ni debe ser inútil, como cuando yo me sentaba en la cocina, en estéril contemplación, a esperar a que se inflara el pastel de chocolate…
En este caso, tal vez debamos esperar lo mejor y prepararnos para lo peor… Aprender y desarrollar la paciencia, es una virtud.


