Goethe y Napoleón

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Hablar de los grandes hombres de la historia es inspirador y quizá hasta motivador. Napoleón y John Goethe claro que lo fueron y su encuentro quedó registrado puntualmente.

El 27 de septiembre de 1808 Napoleón intentó tener un acercamiento con Alejandro I de Rusia y para tal efecto llevó a cabo el Congreso de Erfurt en el estado federado de Turingia, misma distribución política geográfica donde se encontraba la ciudad de Weimar, conocida por su rico legado cultural, tierra del genial escritor John Goethe. Acontecimiento sin igual, en el que decían se iba a decidir el destino de Europa. Asistirían muchos reyes, todos comandados por el corso aún no coronado sino de su gloria. Napoleón es aún el marido de Josefina con aire de comisario de pueblo, admirado por el propio Alejandro I y el mismo Goethe.

La presencia de Napoleón infundió cierto místico temor al escritor alemán, quien no se dio mucha prisa por trasladarse de Weimar a Erfurt y llegó hasta el 29, cuando ya el Congreso estaba en todo su esplendor y solo faltaba él. El vacío por su ausencia fue evidente para todos los presentes. Se puede afirmar sin temor a la exageración que sin Goethe al Congreso le faltaba alma y además el propio Napoleón había manifestado deseos de conocer al intelectual alemán. Es decir, de conocerlo personalmente, que de fama tenía tiempo de ubicarlo.

Napoleón lo había leído en su juventud, pero cabe señalar que no todo era pura admiración al literato, que para Napoleón todo era al mismo tiempo maniobra política. De esta forma llegó Goethe al palacio donde se encontraba el corso francés, en la esencia multicultural típica de Europa, un chambelán polaco acude, y al oír su nombre le ruega aguarde un momento. En ese preciso instante alguien le presentó a Goethe al ministro de asuntos exteriores de Francia, de nombre Charles Maurice de Talleyrand.

Cuando el chambelán polaco regresó abrió las puertas del salón y entraron todos juntos. Napoleón estaba desayunando al mismo tiempo que daba audiencias. Al oír el nombre de Goethe, alzó la vista y la fijó en el gran escritor. ¡Qué momento! Las dos grandes figuras del siglo que casi borraron todas las demás, se encontraron y se miraron. Momento supremo de la historia universal, el encuentro de dos imperios, el de las letras y el de la política, de dos inteligencias que mutuamente se respetaban, entonces se contemplan y dialogan.

Para ubicar mejor los contextos es imprescindible definir ostentosamente a Napoleón, el demonio de la guerra, el fuerte armado, el seductor de la victoria llamó a Goethe para que llegará a Erfurt, lo llamó y le dio tratamiento de hombre, es decir, de igual. Un instante en la eternidad que no tiene precio. Dicen que cronistas de la época parafrasearon a Goethe diciéndole a Napoleón: “Detenme, soy tan bello, no hagas un monstruo de mí”.

Todos los monarcas de Europa estaban ahí a los pies de Goethe. Y Napoleón sabe, bien que sabe, que su verdadero signo no será en lo por venir el de las batallas. Cierto que en ese puntual momento la suerte del mundo está en sus manos; pero asume que la suerte de su nombre está en las manos de aquellos que manejan la pluma, y toda su grandeza depende de estos hombres de talento.

Querido y dilecto lector, el peso de la coincidencia de la conjunción de acontecimientos que pusieron uno frente a otro, al emperador corso de Francia y al grandioso hombre universal del pensamiento alemán, todo un mundo de hechos y posibilidades gravitan en torno a esta confrontación. Cada uno quiere parecer a sus anchas y elegir su sonrisa. Son dos encantadores que tratan de encantarse el uno al otro.

Napoleón se hace emperador del espíritu y aún de las letras. Goethe imagina representar ahí al espíritu mismo. Napoleón sabía mejor que nadie que su poder, más que ningún otro del mundo, era un poder rigurosamente mágico; un poder de espíritu sobre espíritus, un prestigio, y dijo a Goethe: “He ahí un hombre”. Goethe se rindió, se sintió halagado hasta el fondo del alma. El genio alemán cautivo del genio francés no se verá libre jamás.

Napoleón opina sobre una de las obras de Goethe, particularmente de “Werther” y en algún momento interpela al autor: ¿Por qué escribiste eso? ¡No se ajusta a la naturaleza! Goethe tiene el buen gusto de darle la razón y sonreír, sabe muy bien cómo comportarse en presencia del rey león y aguanta con buena cara esa lección de literatura que Napoleón se digna darle. Goethe parece decir en su pensamiento: Puede que Napoleón esté en lo cierto. Napoleón es un gran hombre; Napoleón hace la historia y puede aleccionar a los que solo hacemos poemas.

Al final, delante de todo el mundo, Napoleón, ese conocedor de hombres le ha extendido un diploma de hombría a Goethe y al final nadie ignorará la enrome deferencia con que el emperador trato al poeta, acción que equivalió a una banda con que cruzarse el pecho.

El tiempo hablará.

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