Isabel II. Momentos Históricos.

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Después de varios días de haberme ausentado para escribir la presente columna regreso con el reto de aterrizar en estos párrafos la narrativa que atrape tu atención, querido lector. Y es que vivimos en un tiempo cuya principal característica es el vértigo incontrolable de los sucesos que acontecen en determinado momento, como ráfagas de momentos históricos que nos impactan en lo inmediato, pero que, por la vorágine de eventos, nuestra memoria se acorta y de manera involuntaria pasamos a lo siguiente aparentando no darle valor a lo que tiene un valor inconmensurable.

La muerte de Isabel Alejandra María, mejor conocida como la Reina Isabel II, el pasado jueves 8 de septiembre fue una noticia con efectos mediáticos y emocionales en toda la orbe planetaria de este lugar que compartimos con ella; una noticia de ese calado nos hace comprender nítidamente en lo que todos los habitantes de la Tierra la hemos convertido sin darnos cabal cuenta, el concepto de “Aldea Global” de Marshall McLuhan.

La conclusión es que las distancias en nuestro planeta ya son absolutamente relativas. ¿Cómo una mujer que vive tan distante de muchos lugares en el mundo, ha afectado en cierta forma, cuando menos, la dinámica de los medios? Nos obliga a ajustar los contenidos para hacer un alto en la rutina y enfocarnos a los detalles de quién fue ella.

Mis padres nacieron en 1927 y 1929 respectivamente, la recién finada Reina Isabel II en 1926. Hacer ese razonamiento me ayuda a verla con más familiaridad. Me ayuda a ubicarla que fue de la generación de alguien más cercano que los medios de la nota política, y de esa forma mi mente disfruta más el análisis inexorable de un personaje tan fascinante.

Cuando yo nací Isabel II tenía treinta y nueve de edad y doce años de ser la máxima autoridad de la corona británica; ya llevaba a cuestas una vida cargada de experiencias en un entorno de glamour y política en la que siempre fue protagonista indiscutible. Un dato de su biografía que me impresiona sobre manera, es que, a sus breves veintiséis años, en 1953, ya era la Reina y Dios o la vida le permitieron el privilegio de ser influida por un personaje de enormes dimensiones en la Historia Universal.

Este dato me estimula la imaginación y me lleva a adornar la historia con la ficción de lo que pudo haber sido, para instalar en tu mente, sesudo lector, la curiosidad para conocer más de esta fascinante vida que nos atrapa y nos hace sentir el vahído que surge como efecto de lanzarse en el abismo inconmensurable de los detalles en la historia de los grandes personajes.

Esta narrativa de ficción de los grandes protagonistas es de León Tolstoi en “Guerra y Paz”, cuando nos cuenta el diálogo de ficción entre Alejandro I de Rusia y Napoleón Bonaparte; la emoción nos invade y casi sentimos que estamos en ese magno encuentro, el pulso se acelera y es imposible dejar de leer.

Así podemos adentrarnos en ese primer momento cuando la Reina Isabel II, con su notoria y ostentosa juventud, recibe en el Palacio de Buckingham al sabio y vetusto primer ministro William Churchill. Él a sus setenta y nueve años con todo el peso de la experiencia marcada en toda su fisionomía y ella con la ternura de su novatez, pero envestida con toda la esencia regia que su padre le había sembrado.

En Gran Bretaña todos los primeros ministros tienen por costumbre reunirse una vez por semana con quien ostenta la corona del reino; la última reunión que Churchill había tenido el año anterior había sido con Jorge VI, el padre de la entonces flamante Reina, un hombre de cincuenta y siete años, ahora tenía en frente a la hija de veintiséis.

Lo que pudo haber sido un choque generacional, por la enorme brecha de los cincuenta y tres años de diferencia entre estos dos personajes que estaban a cargo del imperio británico después de la Segunda Guerra Mundial se convirtió en una lección de vida, no solo para Inglaterra, sino para el mundo entero. Ella se dirigió a él con humildad, pero con dignidad, no tuvo en poco su juventud, y las pulsaciones previas que había tenido antes del encuentro se relajaron ante la bondad casi paterna que el viejo líder mostró.

Años después, en 1997 frente a un petulante primer ministro, Tony Blair, la Reina con paciencia y flema británica le dijo a manera de pregunta:

– ¿Sabe usted que de todos los que han ostentado su puesto al primero que recibí fue a Winston Churchill y en ese entonces usted no había nacido?

Querido y dilecto lector, Tony Blair sintió no solo el peso de las palabras, sino también el peso de la Historia; a partir de ese momento su conducta fue más recatada frente a la inmensidad histórica de Isabel II.

El tiempo hablará.

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