La noche del viernes 23 de octubre, en una colonia al poniente de Monterrey de buen nivel, se armó la parranda con grupo norteño y mariachi. Algo normal en la zona metropolitana en tiempos de pandemia donde muy pocos hacen caso para evitar las reuniones.
Así, entre fiesta y fiesta sin respetar las medidas sanitarias, han pasado siete meses (ya vamos para ocho) desde que Nuevo León entró en una fase crítica para evitar contagios y muertes de Covid-19.
Para este lunes 26 iban 4 mil 412 fallecimientos en el Estado, la mayoría mayores de 45 años que suman 3 mil 991. Es decir, padres, tíos, tías, abuelas y/o abuelos de los jóvenes parranderos que son los menos vulnerables al virus, pero que han enlutado hogares.
Advertencias y mensajes para comportarse bien de la autoridad a la ciudadanía, como sucedió la semana pasada a través de un video del gobernador Jaime Rodríguez Calderón, entran por un oído y salen por el otro. Y la fiesta no termina, al contrario, son más cada fin de semana.
También el secretario de Salud, Manuel de la O, está decepcionado de la gente porque desafía a la muerte sin importarle sus propios familiares, menos sus vecinos.
“No puede ser que haya personas que salen de sus casas y van a caminar a Morelos a comprar una paleta”, dijo decepcionado el ejecutivo estatal en entrevista para Hora Cero. Mientras De la O advirtió que habría multas entre 20 y 100 mil pesos para los fiesteros.
Mucho me preocupó, lo que confirma que no hay respeto para la autoridad, es que la ruidosa parranda del viernes 23 fue organizada precisamente por un vecino del secretario general de gobierno, Manuel González Flores, con la excusa del juego Dodgers contra Tampa Bay.
Así de ese tamaño está la desobediencia ante los llamados del gobernador y sus secretarios. Y si hubo un atrevido y valemadrista que organizó una parranda frente a la casa de González Flores, ¿qué se puede esperar en otras zonas de la metrópoli con el resto de los mortales?


