La mentada y la libertad de expresión

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Debatir en la defensa de la Libertad de Expresión es como caminar sobre un campo minado. Sobre todo, porque se presupone siempre una identidad siamesa entre la libertad de expresión y el periodismo. Y bueno, este derecho es básico para el ejercicio informativo, pero, con la pena, es un derecho humano universal, consignado así desde el siglo XVIII. Es decir, que todos los seres humanos tenemos ese derecho (no olvidemos eso) donde el periodismo es una particularidad de su ejercicio.

Recientemente, se ha difundido el repudio a una sentencia dictada contra el columnista Sergio Aguayo, tras una demanda presentada por el político Humberto Moreira.
El fugaz ex dirigente del PRI acusa a Aguayo de haberle causado un daño moral. Es posible que lo escrito por el columnista se haya excedido un poco y no cuente con argumentos de temple legal para denostar al político. Es posible, pero no es un caso único. De hecho, la “vox populi” es más feroz, y sin presentar argumentos siquiera. Humberto Moreira y muchísimos políticos, darían bastante trabajo a los jueces demandando a millones de ciudadanos por sus opiniones sobre ellos, insisto, casi siempre sin sustento (lo que no necesariamente significa que estén equivocados).

Por otra parte, hay una especie de terror pánico entre muchos periodistas por una iniciativa que, dicen, limitaría la libertad de expresión. Aún falta que la remienden, la discutan, y la vuelvan a remendar en el Poder Legislativo, pero se insiste en que es una amenaza.

En ambos casos, hay una suerte de solidaridad gremial frente a lo que se ve como un retroceso. Por supuesto, no faltan (es más, sobran), quienes ven en todo esto una secuela del ninguneo ejercido por el Presidente de la República contra algunos medios de comunicación (“conservadores”, dizque). Anticipan un control rígido del estado sobre los medios de comunicación y, por supuesto, sobre la crítica al sistema. Una verdadera dictadura.

Yo creo que el caso de Moreira Vs Aguayo no tiene qué ver con la iniciativa de marras y sí, aunque sea lateralmente, con el duelo cotidiano del Presidente con algunos medios de comunicación. El ciudadano presidente sólo continúa una larga lucha contra el Cuarto Poder (Burke dixit), pero ahora desde una posición privilegiada. Sus campañas para la presidencia siempre fueron así. Los medios “antipeje” lo mantuvieron en ostracismo selectivo, donde sólo lo exponían para ridiculizarlo. Tal repetitiva y obvia fue la estrategia, que acabó exhibiéndose a sí misma. Ahora no pueden ocultar a un político que impone su agenda diariamente.

Cambian de estrategia, se reorganizan con nuevos padrinazgos de políticos y empresarios, que a veces son los mismos, pero los dislates cotidianos de “presidente mañanero” los mantienen distraídos en tanto el Ejecutivo sigue machacándolos con trabajo de campo.

Remitir caso de Moreira Vs Aguayo a este contexto es absurdo, al menos los objetivos no son los mismos. La causa no es común. Es más, no tiene qué ver con la iniciativa cuestionada sino con el ejercicio del Poder Judicial. Además, con términos tan vagos como honor, moral, buen nombre… Y con valores tan subjetivos como el costo, en moneda corriente, contante y sonante, de una “lesión moral”.

Lo verdaderamente debatible sobre la Libertad de Expresión es el efecto real de la información. Debemos aceptar que, por negligencia, por ignorancia, o de plano por mala fe, se publica información falsa o engañosa. Que esa información, una vez difundida, tiene un efecto en quien la recibe. Y que, una vez modificado el criterio del receptor, actuará de acuerdo con una información errónea. Esto es grave porque, así como puede modificar la intención de un voto puede inducir a un suicidio o a un linchamiento. Eso no debe quedar impune, aunque siempre haya quedado así en los hechos. Porque es notorio cuando un medio de comunicación o hace campaña, o explota el morbo; cuando en lugar de informar, deforma; y esto ha sucedido durante décadas. Y la deformación sistemática del criterio de los ciudadanos acaba deformando a la sociedad misma.

Sobre Sergio Aguayo, puedo no estar de acuerdo con él sobre su opinión sobre Humberto Moreira, pero tampoco tengo argumentos para desmentirlo. Para pronunciarme sobre eso, tal vez deba preguntarle a un ciudadano coahuilense que fue gobernado por ese político… Aclararía mucho el tema. En tanto, lo relevante no son las opiniones sino el proceso que se sigue en tribunales y sus consecuencias, no sólo para los medios de comunicación, además para todos los ciudadanos.

Por lo pronto, espero que la iniciativa que ya cocinan los Poderes de la Nación, no se meta con el derecho inalienable de los mexicanos al ejercicio libre de la mentada de madre. Que no es una solución, pero no afecta a las señoras aludidas y sí libera mucho la frustración.
Y, por cierto, nada frustra más a los ciudadanos que los políticos.

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