El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, llegó al cargo por la popularidad adquirida a través de su programa televisivo El Aprendiz, transmitido a través de la cadena NBC, y por el apoyo de los grupos evangélicos ligados al sionismo global. No es el más preparado, apenas si logró terminar el bachillerato en Ciencias Económicas, en la Universidad de Pensilvania; ni el más rico, según Forbes, en noviembre de 2025, Trump era el 593 en el listado global de potentados, con 6.300 MD.
Sin embargo, ha puesto de cabeza al mundo y no tiene límites en sus amenazas. Ya no necesita mentir sobre las supuestas intenciones de rescatar a los pueblos oprimidos por sanguinarias dictaduras ni el cuento de llevar la democracia a todos los confines del planeta, o el combate al tráfico de enervantes y la lucha en contra de la delincuencia organizada. Sin tapujos declara que va por el petróleo y por el gas, y demás de insumos estratégicos que requiere la industria militar estadounidense.
Pero, su torpeza lo ha encerrado en un callejón sin salida. Fue arrastrado a la guerra contra Irán por el diabólico Netanyahu y está pagando caro su torpeza. No son pocos los analistas internacionales que aseguran que Estados Unidos ha perdido esa confrontación y que está buscando una salida airosa, aunque sea con más amenazas. Al interior, todo parece indicar que, cuando menos, perderá la mayoría en la Cámara de Representantes en las elecciones de noviembre.
Dos amenazas tienen alta significación: el uso de bombas atómicas por parte de Israel en contra de Irán y la invasión a México. En ambos casos, lo más relevante es la desesperación que puede llevar a esas medidas extremas que en nada beneficiarán a la potencia global que se rehúsa a perder su papel tan protagónico como hegemónico. En los dos casos, las consecuencias se revertirán en contra del agresor y, lo peor, en contra del pueblo norteamericano, que ya está viviendo momentos dramáticos.
A ver: las pruebas de bombas nucleares experimentales se realizan utilizando, de manera controlada, muy pequeñas dosis de isótopos fisibles como el uranio-235 o el plutonio-239. Como consecuencia de ello, se obtiene una nube en forma de hongo que libera material radioactivo y puede causar contaminación radiactiva que se expande tanto con la fuerza de la explosión, como por el movimiento telúrico y los fenómenos meteorológicos.
Dicho lo cual, para que Israel pudiera afectar a Irán, tendría que utilizar una bomba de mucha potencia, lo que, por fuerza, generaría un hongo radioactivo tan grande que se extendería por prácticamente todo el Medio Oriente, incluyendo la península del Sinaí. Como dice el viejo y conocido refrán, se daría un balazo en el pie, aunque, en este caso, el balazo sería en el corazón. Y, si el sionismo se atreve a esa atrocidad, nada impedirá que se desate la hecatombe nuclear.
En el otro caso, la invasión de tropas norteamericanas a México, los resultados serían igual de dramáticos. No hay que olvidar que México era ya una potencia cultural y espiritual cuando en el norte cazaban bisontes y que, a lo largo de la historia, México ha sido vanguardia en la conquista de los derechos humanos: fue el primer país en abolir la esclavitud, en separar la Iglesia del Estado, en reconocer las garantías individuales, en legislar para garantizar salud, educación y bienestar para su gente.
En la actualidad, la interdependencia económica es de tal magnitud que el descalabro de uno llevaría a la ruina al otro. Simplemente, cortando el flujo de bienes y de personas por la frontera, se afectarían las actividades productivas en ambos lados. La diferencia, como ha ocurrido siempre, es que los norteamericanos están acostumbrados a vivir en confort y con todo a la mano, mientras los aborígenes se las arreglan con cualquier cosa.
La hambruna, las epidemias, la desesperación y la violencia arrasarían primero a los vecinos, pues los mexicanos están acostumbrados a navegar contra corriente. ¡Ojala que Trump no pase de las amenazas, para bien de su pueblo!


