Está bien el propósito de someterse al escrutinio y definir si el Presidente Enrique Peña Nieto y su secretario de Hacienda Luis Videgaray están enredados en un conflicto de intereses por la compra de la “Casa Blanca” de Angélica Rivera y la de Malinaco, pues a todas luces se ve que aprovecharon a Luis Armando Hinojosa, de Grupo HIGA, para obtener facilidades de pago y bajos intereses, a pesar de que este inversionista-constructor ha sido muy favorecido con licitaciones a modo cuando ambos funcionarios públicos estaban en el poder en el Estado de México.
Está bien el propósito, cómo no. Está bien la intención de aclarar de una vez por todas esta situación. Lo que no está bien es el camino que el Presidente se dispone a seguir, pues lejos de que sea investigado por un organismo anticorrupción independiente, se ha puesto a revivir la Función Pública y entonces se somete a un subalterno, en medio de suspicacias y falta de credibilidad de dicho propósito.
Es muy difícil aceptar que un recién llegado al gobierno federal despeje las dudas de la opinión pública acerca del conflicto de intereses en que parece están metidos Peña y Videgaray. Y no es difícil despejar las sombras de la sospecha porque el nuevo funcionario es empleado directo de quien lo nombra para que lo investigue. Hasta un niño se resiste a caer en la trampa porque la imparcialidad queda opacada por la distinción del cargo y el sueldazo que se le asigna.
Además, Virgilio Andrade le pone su cuota de duda a esa definición porque llega al cargo con un handicap en contra al ser objeto de críticas severas de parte de los seguidores de Andrés Manuel López Obrador y otros izquierdistas de México, pues este nuevo funcionario público acreditó el triunfo de Felipe Calderón en las elecciones presidenciales del 2006. Y una cosa tiene que ver con la otra porque la afrenta dejó honda huella en los entonces votantes del PRD y promotores del plantón en la avenida Reforma.
Ni para eso fue bueno Peña Nieto. O no tiene consejeros que le despejen la vía de esas tremendas sospechas o de plano están igual que él de ingenuos para no darse cuenta que les va a volver a llover ahora no sólo porque sigue en el centro del debate la famosa “Casa Blanca” y la de Malinaco, sino porque con este movimiento político en las altas esferas lo único que hacen es agregarle otro ingrediente picoso al alud de comentarios negativos contra los protagonistas del sospechado conflicto de intereses.
Tampoco les ayuda mucho a Peña y sus defensores querer salirse del tema con la afirmación de que el Presidente no tiene que ver nada en las asignaciones de obra. Ya sabemos que, efectivamente, no es él quien da la cara en los contratos a los constructores o proveedores del gobierno, pero se necesita estar tarado para no pensar que es él quien decide con todo su poder, en algunos casos, el curso de las mejores asignaciones para sus amigos y compadres.
Sucede lo mismo cuando sus voceros quieren defenderlo del “Dedazo” o “palomeo” final a la hora de seleccionar a los “candidatos de unidad” del PRI para determinados puestos de elección popular. Salen con que la democracia es su inspiración y que no interviene en la vida interna del Partidazo. Ah, pero qué bonitas palabras que contrastan con la realidad evidente, aunque sea otro cuatacho suyo, César Camacho Quiroz, el que se echa a sus espaldas el discurso formal ante la opinión pública.
Pero en este caso es lo de menos, proque se trata de un asunto interno entre correligionarios. Lo que no es lo mismo en la investigación del conflicto de intereses que persigue a Peña Nieto y a Luis Videgaray. Por eso decimos que ni le despistan para tratar de acabar con tan bochornoso caso al más alto nivel que apunta hacia la corrupción oficial que tanto dice que quiere combatir nuestro señor Presidente.

