En ocasiones, pensar o hacer como que se piensa, acaba convirtiéndose en un arma que puede hacer mucho daño al pensador, real o supuesto.
Sólo unos cuantos ejemplos:
Si la felicidad plena sólo puede ser alcanzable en la ignorancia plena, ¿para qué sabotearse mediante el conocimiento?
¿Cuántos millones de mexicanos mantendrían su esperanza en los comicios del 24, ya sea esperando la continuidad del régimen o votando por Alito y Marko con rostro de mujer, si se saturaran de saberes?
O, ¿cuántas noches de angustia me hubiera ahorrado si ignorara que soy mortal?
Evidentemente, estoy en un estado de zozobra mayor que el de costumbre en esta tarde en la que empiezo a desordenar letras, paradójicamente en mi búsqueda cuasi eterna para encontrar explicaciones sobre lo que me envuelve, sabiendo de antemano que están vedadas para mi naturaleza humana.
Recibo noticias e imágenes del enfrentamiento entre Hamás e Israel, que, sumadas a las cotidianas de los noticieros nacionales, me llevan a creer que pertenezco a una especie nociva para el planeta, depredadora de ella misma y su medio ambiente.
En este contexto, rescató de mi memoria tres preguntas frecuentes en mis nimios debates personales: ¿La felicidad es producto del olvido de lo cotidiano? ¿La persona que se rodea de basura en basura se convertirá? ¿Con qué acompañar los valores cuando se tiene hambre?
Motivada igual que un ciudadano cuando concluye que cualquier ignorante o perverso con influencias puede gobernar, mi presunta conciencia pide la palabra para repetirme algunas de sus verdades, tal vez esperanzada en que haciéndolo en público no podré negarme a oírlas:
“Escuchas mentiras que se repiten con tal vehemencia que se convierten en la verdad de quien las emite; ves la avalancha de soberbia y desprecio que va hacia ti y miles de personas más, si acaso te consideras clasificable dentro de ellas, y conoces la relación inversa entre los valores y las fortunas.
“¿Es posible o necesario alinearse con el entorno, para sentirse y vivir bien, aunque éste desprecie tus ideales?”, me lastima así esta conciencia que mi historia debería confirmar que no existe.
En esas niñerías ando cuando reparo que, para reflexiones en serio, habría que tejerlas sobre el futuro de un país donde el Estado cede su acción a poderes fácticos y cierra los ojos frente a esa entrega, renuncia o componenda, suponiendo que los ciudadanos harán lo mismo, como si creyera que los ciegos pueden transitar con seguridad siendo conducidos por otros ciegos.
Por supuesto, también puedo deliberar acerca del ramo de flores a enviar el próximo año a las exequias de la oposición en peligro de extinción, si esta insiste en apropiarse de una candidata a la presidencia que bien podría pasar como ciudadana, pero a la que colocan sellos que acreditan el fracaso de las franquicias que la patrocinan.
Y si de plano opto por algo más ligero, cabría examinar el poder del tiempo y del tlatoani sexenal para invocar el perdón de los pecadores y trasladar sus culpas a otra cara de ellos mismos, en un acto de magia suprema que desligue a los descendientes de los verdugos de ayer, de la represión coloreada con sangre joven que este 2024 cumple 55 años.
Luego me olvido de las náuseas que acompañan a estas elementales ideas y prefiero convencerme de que en la riña entre pensar y ser feliz, debería apostar a favor de lo segundo.
¿Debo entonces ignorar lo que supongo es la realidad nacional y hasta olvidar mis deudas y pecados?
Claro, aseguraría ser feliz de manera rotunda, aunque termine por entender que la felicidad debe ser como el presupuesto para la educación y salud, es decir, indispensable e insuficiente.
Por supuesto, esa placidez implicará mimetizarme y adquirir los matices indefinidos del ambiente actual, por lo que no me quedará más que convencerme del mandato imperativo de seguir la tendencia de este entorno, para hundirme con él.
Después de todo, para camaleones de verdad apenas aquellos que cambian promesas a la sociedad por favores personales, inmunes al baño de lodo, siempre y cuando este contenga oro.
No te preocupes: eres rico en valores, me repito con duda y sin convicción una y mil veces.
Luego me pregunto: ¿alguien habrá degustado un taco de valores? o ¿merecerá sanción el enriquecimiento inexplicable de virtudes?
Por hoy, mejor dejo de hacerme daño.


