César tendría nueve años, o no más de once, cuando sus cuatro hermanos menores que él fuimos a acompañarlo a la central de autobuses de Torreón para iniciar un largo viaje hasta el Pacífico. Era un niño a principios de los 70.
Años antes nuestra madre aceptó una plaza temporal en la oficina de Correos de Mazatlán. La familia había crecido y el sueldo de la señora Angela Castillo no alcanzaba para vestir y alimentar a cinco niños y dos abuelitas que vivíamos en una modesta casa donde César empezó a criar palomas las cuales en su intento de comer maíz (como señuelo), entraban a una caja de cartón que, sostenida con un palo, caía sobre el ave cuando escondido jalaba una cuerda.
No tengo claro cuándo el patio se convirtió en una granja porque además tenía un chivo, y César era el protector de las aves que igual alimentaba, cuidaba de los huevos y curaba cuando sus patas se enredaban con hilos. Tenía de todos los tamaños y colores. Era su gusto.
Con el cambio de ciudad en 1973 tuvo que deshacerse de sus pichones, pero en Matamoros lo reanudó. Por eso cuando llegó el momento de elegir una carrera a mis papás les extrañó que no fuera veterinaria, sino ingeniería química, aunque mi mamá me dijo hace días que a sus 50 y tantos años quiso hacerlo pero no era compatible con su horario de trabajo.
El domingo 2 de agosto, a tres semana de su fallecimiento, ayudé a mis hermanas Nora y Lupita a trasladar a un rancho ocho borregos, patos y guajolotes que César criaba en un terreno de su propiedad. No para hacer negocio. Solo por gusto.
Pero sus amadas palomas, ocho borregos, dos chivos, gansos, marranitos, pollos, gallos, gallinas, coquenas y dos mapaches seguirán en lo que fue su propiedad, su granja, para honrar su memoria. Descansa en paz. (Continuará…).


