Una vez agotado el explosivo encanto del Día de las Madres, me sacudí un poco el exceso amor y me puse a revisar información. Me dio curiosidad cómo ha progresado la enfermedad en las últimas semanas en Nuevo León. Entre el Sábado de Gloria, 11 de abril, y sábado siguiente (18), hubo un aumento de sólo 66 contagios, a razón de poco más de 9 diarios. Pero la semana siguiente, para el 25 de abril, hubo 346 nuevos contagios registrados, alrededor de 49 contagios por día.
Considerando que los síntomas se presentan entre una y dos semanas después el contagio, muchos atribuyeron esto a que la gente no se quedó en casa y salió de vacaciones. Es muy probable que los vacacionistas causaran un intenso intercambio de virus, propios e importados, ¡sepa Dios de qué tipo de cepas! La siguiente semana, ¡un alivio!, hasta el 2 de mayo bajó ese incremento a 169 nuevos contagios, con unos 24 casos diarios. Sin embargo, para este 9 de mayo se contaban 242 contagiados nuevos y un promedio de 34 contagios diarios. Es decir, por alguna razón, a dos semanas de la imposición de horarios restringidos en el transporte, la estadística se volvió a disparar. Para este domingo, se sumaron todavía 38 contagios.
Mis cifras son bastante salvajes, sacadas de donde pude (archivo de El Porvenir), ya que no sé de un portal público del gobierno estatal donde se registre el control estadístico histórico. Si existe, que alguien me indique dónde, porfa. Tampoco soy experto en estadística, aunque ya casi recibo mi título a tanto ver el informe nacional diario (gracias, colegas reporteros ignorantes o maliciosos por sus preguntas bobas, les daré el crédito cuando me reciba).
Entiendo lo que es la progresión exponencial, y que las medidas de Sana Distancia, Quédate en casa y paro de actividades productivas y de servicios no esenciales, están pensadas precisamente para que esa progresión no suceda rápidamente. Se comprende su eficiencia porque a una semana de haberse impuesto la limitación del transporte urbano en el área metropolitana de Monterrey, el avance en contagios bajó notablemente respecto a la anterior. No cuento los decesos, porque corresponden a factores ajenos a la movilidad. Sin embargo, coincidiendo con los tiempos de manifestación de síntomas del Covid 19, a casi dos semanas (este lunes se cumplen), la frecuencia de contagios identificados no sólo no se mantuvo ni estable ni a la baja, sino que subió muy significativamente.
El problema en esta fase de la epidemia es que ya no se rastrea el origen del contagio (como sucedía al principio), porque ahora se procura ubicar a las personas con las que un infectado ha tenido contacto, por obvias razones. De esta manera se puede descartar oficialmente que la causa sea el hacinamiento en el transporte, provocado y mantenido por el control de horarios. Se puede mejor culpar a las pizzas y pasteles del Día del Niño, por ejemplo. O a remanentes de las vacaciones. De la misma forma que en un par de semanas, si esto se pone peor, se puede endilgar la culpa a los festejos del Día de las Madres (un error de previsión y control del propio Estado).
Hay que considerar que, desde antes de la reestructuración de horarios, la queja por personas que no respetaban la cuarentena ya existía. No creo que ese sea un factor determinante para el disparo en las cifras, en estas cifras. El uso obligatorio del tapabocas, que no es despreciable, tampoco fue muy útil, por lo visto. Lo que confirmaría lo que el doctor López-Gatell dijo acerca de que genera un peligroso exceso de confianza.
Si hay otro factor que no haya considerado, por favor, díganmelo. Pero de veras me alarma que haya tanta coincidencia entre la aplicación de los horarios en el transporte y este incremento en los contagios. También me preocupa que en estas circunstancias tan críticas se esté siquiera considerando la reactivación económica, sobre todo para empresas no esenciales. Si se hubiesen previsto antes nuevas formas de activar el comercio, sin riesgos, no estuviésemos tan ansiosos a estas alturas.
Pero me alarma todavía más que frente a esta situación se impongan nuevas restricciones (u ocurrencias), todavía más duras, a la movilidad y al comercio. No sea que un día de estos amanezcamos con la novedad de que ya no vivimos en un estado libre y soberano sino en un cacicazgo del siglo XIX. Porque donde no hay razones, sólo hay órdenes.


