En España, don Enrique Krauze recibió un premio, de esos premios internacionales que ruborizan a los modestos y enaltecen a los moralmente chaparros. Se le otorgó por su labor como historiador, cosa que no es de poco mérito. Don Enrique es experto en declaraciones públicas sentenciosas y pontificias. Y ahora que lo premiaron, no dejó pasar la oportunidad de concedernos algunas de esas joyas que, ya pulidas con su preclaridad, ciegan a nosotros, pobres mortales que sacamos nuestras pobres frases de la mina salvaje del refranero popular.
Seguro apantalló al Gran Maestre de las órdenes de Santiago, Calatrava Alcántara y Montesa, que no es otro que el mismísimo Rey de España, don FVI. Y supongo que también a sus comendadores, lugartenientes, alféreces, claveros… todos ellos nobilísimos.
“Hago votos para que siempre, sobre los designios del poder, impere la vocación del saber. Que nunca más el odio impida el diálogo”, dijo sentencioso don Enrique, capaz de arrancar un suspiro de admiración hasta de don Alfonso Zulueta y Sanchiz, Pereda-Vivanco y Armada, conde de Santa Ana de las Torres, Comendador Mayor de Castilla que, si no asistió, seguro le pasaron el dato.
No sé si don Enrique llegó investido también por las pulidas cruces que ya tiene de las órdenes de Alfonso X el Sabio y de Isabel la Católica, sólo para entonar mejor con el selecto grupo de caballeros de la Fundación, cuyo Real Consejo preside el Comendador Mayor de Alcántara, nada más que el jefe de la Casa de Borbón-Dos Sicilias, Su Alteza Real don Pedro de Borbón-Dos Sicilias y Orleáns, Grande de España, y pretendido duque de Noto, Calabria, conde de Caserta y Rey de las Dos Sicilias.
En un contexto así, el señor Krauze debió sentir un agradable cosquilleo sanguíneo, después de todo sus ancestros polacos también tuvieron durante más de dos siglos un régimen democrático presidido por un rey electo y acotado por un cuerpo legal y la nobleza, más menos que más como España. Ojalá y que esa reminiscencia, si ocurrió, también le recuerde por qué la mancomunidad democrática polaco-lituana se destruyó a sí misma. Después de todo se vivió una democracia muy endeble donde la inmensa mayoría de la población no tenía ni voz ni voto efectivo en el gobierno. Más aún. La división administrativa indujo una creciente autonomía que, aunque en teoría se equilibraba por las leyes y el parlamento, fomentaba un regionalismo que, mal entendido y asumido, acaba fragmentando a una república, con más razón a una tan incipiente como esa. Lo que me recuerda cosas tan actuales como el “nuevo federalismo” o los “flojos del sur”.
Con sus debidas diferencias, era algo así como en México donde, aunque toda la población es electora no hay una democracia participativa. Al final, la “fiesta cívica” electoral nos dura un día, y le siguen tres y seis años de duelo. Si bien el voto es popular, el gobierno no es representativo; al menos no de la gran mayoría de la población, tal como en aquella “república” polaco-lituana.
Si la historia sirve para algo además de escribir libros y ganar premios, comparando podemos sacar algunas conclusiones sobre nuestra realidad política actual. La nobleza mexicana no existe ya, pero sí es todavía. No carga ya con apellidos y títulos rimbombantes. Nuestra nobleza ostenta ahora presidencias de consejos, liderazgos empresariales, dignidades intelectuales, títulos “honoris causa”, premios y reconocimientos internacionales y nacionales, y una retahíla de funciones públicas desempeñadas, desde ex presidentes o exsecretarios de estado, o ex gobernadores, o ex alcaldes, o ex legisladores, hasta ex regidores. El enfrentamiento de facciones nobiliarias que sufre México me recuerda mucho a la vieja élite demócrata polaco-lituana gobernando a un presidente-rey amordazado y esposado, con la diferencia que en esta pugna a nuestro “presidente-rey” no le sientan las mordazas (debería considerar aunque sea una sordina de vez en cuando), y las esposas se le tramitan sistemáticamente desde los poderes Legislativo y Judicial, con algunos resultados exitosos, aunque no definitivos.
Pareciera que en nuestro caso los “buenos” (paleoliberales) y los “malos” (neoliberales) están muy bien definidos (Juárez no debió de morir… pero insistió). Ni unos ni otros representan cabalmente las aspiraciones y necesidades de toda la sociedad mexicana. Ni una ni otra facción tiene operadores adecuados, ni manera de ejercer el poder como no sea desde la tradicional y sorda vertical. La verdadera lucha social no debería ser por la preeminencia de una de esas dos facciones, sino por la imposición de una democracia participativa. Pero en tanto sigan enfrentándose, sólo nos distraen de lo verdaderamente importante.
“Que nunca más el odio impida el diálogo”, sabio y liberal, dijo don Enrique al recibir su premio. Veamos si empieza él mismo por apagar el incendio social que iniciaron él y sus asociados. Él mejor que nadie debe saber que no existen los liberales de derecha. Él mejor que nadie, sedicente liberal, está preparado para establecer un diálogo… y debe comprender que convocar a un diálogo no funciona si la misma convocatoria implica un enfrentamiento o encubre un insulto. ¿Esperaban amor a primera vista? ¿Sumisión?
No se me malinterprete. He leído a Krauze. Si bien no me deslumbra, tampoco me desagrada. No sé si el premio que le dieron en España lo merece o no, porque no sé los términos en los que se concede ni la universalidad de los criterios para otorgarlo. Eso sí, me da gusto que un mexicano reciba un reconocimiento en el extranjero, tanto como me emociona ver un festival de mariachis en la Plaza Roja, un “flashmob” de sones en Madrid, o un grupo holandés cantando canciones norestenses.
No desestimo el premio, aunque me da repelús el contexto nobiliario. Pero si en los hechos no aporta nada para los mexicanos (todos), no creo que trascienda de orgullo, pompa y circunstancia. Y para eso, la verdad prefiero a don Edward Elgar, se oye mucho mejor.


