Recordando a don Chuy

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Si Hugo López-Gatell, subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud, pidió no festejar el Día del Padre para evitar el contagio del Covid-19, que no se preocupe, en México no se acostumbra hacerlo.

Será que la madre siempre ha sido el centro de la familia, ese ser cariñoso capaz de darlo todo con tal de que sus hijos sean felices.

Es como cuando la Rosa María anda como gallina culeca cuando su hijo Didier le llama por su celular.

Mientras mi amá me arrullaba en el columpio del patio de la casa y me cantaba “Señora Santana, porqué llora el niño…”, mi ‘apá me jalaba las orejas y me decía “ah qué lindo güerco”. Los cariños distintos y la forma de expresarlos también.

Mis recuerdos de chamaquillo en la Sultana del Norte se remontan a la casa de calle Escobedo.

“Está corriendo lumbre por las calles”, llegaba muy cansado don Chuy, como le decían en la panadería La Superior. Apenas si había caminado cinco cuadras, desde Guerrero y  Ruperto Martínez.

Llegaba a echarse su siestecilla, porque había madrugado a las 4:00 de la mañana, para abrir una hora después y atender a toda la clientela que iba por pan francés calientito, bisquetes y conchas de pan de dulce para revender. Después le tocaba regresar a las 6:00 de la tarde para ir a cerrar el negocio.

Jesús Montemayor González era un hombre muy chambeador, originario de Higueras, Nuevo León.

Venía de una familia muy humilde, sólo estudió hasta quinto de primaria, pero era un niño muy inquieto, que soñaba con progresar y ser alguien en la vida.

Las circunstancias lo obligaron a llegar a la ciudad en los años cuarentas con su hermano Toribio, que por cierto falleció ahogado en la alberca Monterrey que estaba por la calle Zaragoza, casi llegando a Padre Mier.

Ambos trabajaban de meseros en el restaurante del Círculo Mercantil Mutualista. Dicen que Toribio fue campeón de natación, pero en esa ocasión algo pasó y le dio un calambre.

A Chuy le avisaron pocos minutos después cuando venía por la calle. Entonces sintió como la noticia recorrió su cuerpo como un hielo, por la noticia de su hermano.

“Creo que se tiró a la alberca, después de haber comido”, platicaba, un recuerdo que persistía en la familia, a tal grado que cuando llevaba a sus hijos a las albercas del Álamo, allá rumbo a la Carretera Nacional, siempre advertía que “no se vayan para lo hondo”, para evitar que se repitiera la misma trágica historia.

Con Chuy, se fueron sus hermanos para Monterrey, Lupito y Lalo, quienes empezaron todos como meseros, ya después se trajo a sus papás Don Luis y María y poco a poco fueron llegando sus hermanas Tita, Teófila, Chelo, Manuelita, Elena, quienes dejaron el pueblo cercano a Marín, para echar raíces en la creciente ciudad, la misma que era popular por sus fábricas de cerveza y cemento.

Doña Esther siempre estuvo muy cerca de su esposo, lo enseñó a ser un destacado comerciante, bien vestido y hasta olía a colonia.

En un carro Chevrolet Belaire 55 realizaron múltiples viajes con sus seis hijos, era un placer en el camino contar las vacas pintas y de paso conocer varias ciudades como Acapulco, Morelia, San Juan del Río y Saltillo.

Para el camino doña Esther preparaba hartos sándwiches de pan Bimbo con jamón y queso para los niños.

Mi ‘apá nos dejó un ejemplo de trabajo, a sus hijos les dio estudios, algunos en el Tec de Monterrey y las mujeres en Labastida. A otros los mandó a Houston a estudiar inglés.

Cada domingo íbamos a Higueras, a recordar su pueblo, dormir en una hamaca, como para no olvidar sus años de niñez que tanto añoraba cuando recorría las calles descalzo para visitar a sus parientes.

Vio casarse a todos sus hijos y disfrutó mucho las idas a McAllen con todos los nietos, en Lubys pedía hígado encebollado y remataba con un café y un pay de limón.

“No te preocupes no caminar, teme no avanzar”, escribiste en un simple cartón que mi hermano Chuy tiene en su oficina.

Ese era don Chuy, un hombre sencillo que dejó profunda huella en sus hijos.

 

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