El adiós del ‘Pana’; su verdadera historia

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Tras varios retiros fallidos, Rodolfo Rodríguez volvió al ruedo y el domingo 1 de mayo fue su última corrida de toros… una figura polémica, controversial, única en la fiesta brava; amado por muchos, odiado por otros… Ésta es su historia…
Monterrey, N.L.- Era todo un personaje. Un torero chapado a la antigua. Como si hubiera saltado de un óleo de Sánchez de Icaza o de Gironella, o de una película de blanco y negro de los años 50.
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No parecía un torero, como lo parecen todos o casi todos. No quería parecerlo. Así fue toda su vida.

Forjado en los caminos de México, en la legua, vestido con pantalones de mezclilla que alguna vez fue azul, raídos; zapatos tenis, una camisa blanca, anudada por la cintura; un paliacate rojo al cuello y una boina negra de las que usan los maletillas. Itacate con algunas tortillas, cecina o unos trozos de pan para el camino y el objetivo era hallar un campo para ir a torear reses bravas, antes de salir huyendo a los disparos de los caporales de los ranchos.

“El Pana”, le decían ya, pero antes fue “El Panadero”, mucho antes de lanzarse una tarde como espontáneo en la México para pedir una oportunidad.

Parecía un personaje que habría saltado de las páginas de “Más cornadas da el hambre”, aquella obra de Luis Spota que narraba, aseguran los que saben, que era la vida de Luis Procuna, antes de ser figura.

Flaco, garrudo, magrillo, se describía a sí mismo, sin gramo de grasa. No era alto, ni de sonrisa fácil, con rasgos duros de mexicano descendiente de aquellos bravos guerreros tlaxcaltecas que habitaron las planicies del centro del país cinco siglos atrás.
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Rodolfo Rodríguez era un torero que fuera del ruedo vestía a la usanza antigua con vestido de corto y botas estilo cordobés. Algunas veces con traje claro y gazné de seda y sombrero. Un dandy elegante. Le gustaba parecer eso, como sacado de una foto en blanco y negro o de una estampa de mediados del siglo pasado.

Aseguraba haber nacido tarde.

Él era de los tiempos cuando Luis Castro, “El Soldado”, el original Armillita, “El Cordobés”, Lorenzo Garza, Silverio Pérez y Manolete dominaban el toreo allá por los años 50 y Rodolfo era un chaval de escasos 10 años que soñaba con plantarse frente a las astas de un toro.

“Yo empecé a torear por hambre. Y miren lo que son las cosas. Yo vengo de la época en que uno quería ser torero y triunfar para comprarle una casa a su madre… Ahora los chavales quieren vender la casa de su madre para ser toreros”, dijo alguna vez en una entrevista.
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No vestía de lujo, de seda y oro como lo demás. Acostumbraba el blanco y el negro, el verde botella y negro o blanco y plata, pero era sencillo en su vestir. De rosa viejo, blanco, oro y verde y plata o con pasamanería en negro eran sus vestidos.

De grana y oro también vistió alguna vez, pero no siempre tuvo los recursos para comprarse un traje de luces como sus alternantes.

Acostumbraba a llegar a la plaza en una calesa, un carruaje antiguo y un puro en los labios, partiendo plaza con la frente en alto, orgulloso, indomable, al frente de su cuadrilla.

“Con él parecía que el tiempo se hubiera detenido. Toreaba como los de antes, como Silverio Pérez, como Procuna”, dice Omar Villarreal, aficionado de la fiesta brava y periodista taurino.
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Desde chamaco fue incómodo.

Allá por 1971 había debutado como novillero por ahí en alguna placita de provincia, pero fue siete años después, el 6 de agosto de 1978, cuando recibió la oportunidad en la México.

Alternó con José Trigueros “Tabaco”, Héctor de Alba “Pinturero”, Longinos Mendoza, Pablo Martínez y Gabriel de la Cruz con ganado de Santa María de Guadalupe. “El Pana” cortó dos orejas esa tarde.
En su presentación puso de cabeza el coso más grande del mundo.

Esa noche estuvo en el estudio de 24 Horas, donde lo entrevistó Jacobo Zabludovsky y hasta María Félix llamó al estudio de Chapultepec 18, para felicitarlo.

Los cronistas taurinos lo consideraban una leyenda viviente.

La gente, los conocedores del toreo, lo adoraban. Muchos más lo aborrecían. Les recordaba a figuras de décadas atrás. Con esa forma tan suya de concebir y ejecutar su toreo.
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Los empresarios sí lo querían, pero las figuras contemporáneas suyas como Manolo Martínez, Eloy Cavazos, Curro Rivera, Silveti, Manzanares, Arruza, Alfredo Leal, Joselito Huerta, Procuna, Palomo Linares, Mariano Ramos, Armillita Chico, o Jorge Gutiérrez no lo querían a su lado.

Su toreo algunas veces tremendista, “a la antigua” con quites impensados por las figuras de ese momento, las hacía él y lo que menos querían era ser opacado por alguna ocurrencia del llamado “Brujo de Apizaco”, el pueblo tlaxcalteca donde nació en febrero de 1952.

La historia relata que su padre era policía y que falleció cuando él era pequeño y tuvo que ejercer varios oficios para ayudar el sustento familiar.

Cuentan que fue sepulturero, vendedor de gelatinas, campesino labrador de la tierra y panadero, de ahí su apodo recortado de “El Pana”.

El 18 de marzo de 1979 tomó al alternativa en la Plaza México con el rejoneador potosino Gastón Santos, Mariano Ramos y llevando de testigo a Curro Leal en el cartel, con ganado de Campo Alegre.

Unos años después, en la Monumental plaza de Toros “Calafia” de la árida Mexicali, dio vida a una suerte jamás vista, que fue bautizada como “El Par de Calafia”. La suerte obligaba a poner el par de banderillas, al quiebro, con una mano, y por las espaldas, suerte que algunas veces repitió y algunos otros matadores de toros intentaron muchas tardes.
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Cada que conseguía poner el par de palos adornados de colorido papel de china en el lomo del toro, el tendido se le entregaba con una ovación estruendosa.

Pese a que en la fiesta mucha gente amaba el toreo de “El Pana”, los empresarios no siempre se arriesgaban para llevarlo en sus carteles, por la presión de algunos otros empresarios, toreros y ganaderos que vetaban a Rodríguez.

Su toreo tremendista, extravagante, inusual, fuera de lo establecido por los cánones, le llevó a no tener todas las oportunidades que probablemente mereció no solo en los ruedos mexicanos, sino también en España.

“Me cansé de ser un mediocre cuerdo y decidí ser un loco genial”, dijo alguna vez en una entrevista, con ese acento andaluz tan suyo, -trocando las eses por zetas-, instalado siempre en su personaje para parecer español, como muchos allegados a la fiesta brava .

Era boquiflojo. Dijo e hizo muchas cosas que le ganaron enemigos algunos gratuitos y muchos más perfectamente merecidos.

A figuras del momento, como Manolo Martínez, Curro Rivera o Eloy Cavazos se refería peyorativamente, ya fuera por su peso o estatura.

Algunos lo consideraban un charlatán que dañaba la fiesta brava.

Para muchos más era un rebelde que hacía gala de sus peripecias y suerte, arriesgando el físico, plantándole cara a los astados con un trasteo y quites que los antiguos creían que ya eran piezas de museo.

Su forma irreverente de ser y hacer, esa forma desde partir plaza, algunas veces ataviado con un zarape de Saltillo y arrastrando las puntas de sus zapatillas negras.

Muchos amantes de la fiesta brava lo adoraban, porque mostraba una forma diferente de concebir y ejecutar el arte de la tauromaquia y también muchos fueron los villamelones que le “dieron cuerda” coreando con inmerecidos olés cualquier capotazo o muletazo por simple que fuese y perdonándole la falta de estética, elegancia, presencia y técnica que los puristas exigían, sobre todo con la espada.

LA DESPEDIDA
Se despidió varias veces, pero nunca se fue.

Varias veces se retiró, pero siempre volvió. Como muchos.
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Hastiados algunos, hartos, con las facultades menguadas. Sin los reflejos de su juventud para salir de la cara del toro con la rapidez de piernas para poner distancia de por medio ante las embestidas.

“El Pana” en 2007 dijo que se iba hastiado y asqueado de la fiesta, una fiesta donde jamás pudo brillar como figura. Donde tuvo algunas oportunidades para mostrar su toreo tremendista, polémico, sin la técnica, ni la estética de otras figuras, pero atractivo para muchos que lo ovacionaron por su arrojo y valentía, por sus desplantes increíbles, fuera de toda norma establecida.

Y regresó para volver a algunos cosos de provincia en México, Francia y España.

Ya con más de 60 años a cuestas, se daba la habilidad para pararse frente a los astados y sacarles algunos pases.

Desde que partía plaza, su forma de arrastrar lo pies era muy suyo. Sin doblar las rodillas, casi enterrando las puntas de sus zapatillas en la arena. Como si no pudiese flexionar para dar un paso normal. Tal era su estilo.

La suerte de tirarse a matar jamás fue su mejor capital. Sus recursos eran con capa y muleta y aún con todos sus años encima, banderilleaba, una suerte que los toreros caros, las figuras, desdeñaban y dejaban para que lucieran sus subalternos, o porque jamás se les dio esa suerte.

Pero la tarde del domingo 1 de mayo de 2016 definitivamente fue su última corrida en la plaza de toros de Lerdo, Durango.

Un astado de la ganadería de Guanamé lo prendió frente a las tablas. El toro Lo levantó por lo menos dos metros y lo lanzó por los aires como a un muñeco de trapo, probablemente ya iba sin sentido tras el impacto y al caer sobre la arena, su cabeza se impactó, doblada, rompiéndose las cervicales.

Sesenta y cuatro años son muchos casi para cualquier cosa, sobre todo, si vas a ponerte frente a un ferrocarril de media tonelada que se te echa encima, bufando y con dos cuchillos en la cabeza, listos para prenderte al menor descuido.

Aunque hubiera pensado en esquivar al animal, el cuerpo ya no responde a la orden mental. No con la misma rapidez de antes. No a los 64 años.

Rodríguez fue hospitalizado y horas después le retiraron el respirador artificial, aunque respondía a estímulos auditivos, pero se encontraba en coma inducido.

Días después lo operarían y confirmaban que quedará inválido de por vida.

Ése fue el final.

Ése fue el aldabonazo de una carrera, que no fue brillante, no fue fructífera, pero sí polémica.
Alguna vez le confesó, cuenta el cronista taurino Heriberto Murrieta, que le habría gustado morir en el ruedo.

Y sí… tal sucedió. Esa tarde murió la carrera del “Brujo de Apizaco”.

“Ese triste final es el colofón “lógico” de una vida novelesca, repleta de aventuras y sucesos increíbles, donde sufrió grandes humillaciones, se cerró muchas puertas por insolente y no supo manejar sus 10 minutos de gloria. Una existencia marcada por una conducta y unas acciones de la más profunda miseria humana…”, dice Murrieta en un artículo escrito en El Universal, sobre la azarosa vida del espada tlaxcalteca.

Ese domingo 1 de mayo, un burel de nombre, vaya ironía, “Pan francés”, puso fin a la carrera del Panadero… “El Pana”.

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