Cultura ‘colombiana’ pervive en Monterrey pese a estigmas

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Monterrey, N.L.-
Con unos 60 años de haber aparecido como una manifestación cultural, derivada de la música vallenata, y pese al estigma social, los “colombianos” se mantienen y se han extendido en la metrópoli regiomontana y otros municipios.

El sociólogo de la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL), Benito Torres Escalante, expuso a Notimex aspectos sobre la vida de estos jóvenes, que en su momento dieron paso a las pandillas en los barrios populares como la colonia Independencia y otras zonas del sur de Monterrey o el sector de San Bernabé, al noroeste.

“La cultura ‘colombiana’ ya tiene en Nuevo León, aquí en Monterrey, más bien, 60 años; comenzó en la colonia Independencia y de ahí se extendió por la ciudad en los años 80, coincidentemente cuando surgen grupos juveniles, denominados pandillas”, refirió.

Los grupos de jóvenes conocidos en la ciudad como “Colombianos” o “Colombias” toman auge en Monterrey a partir de la década de los 80, en sectores de bajos recursos, como las colonias La Independencia y Loma Larga, a la par con la estigmatización social, al ser considerados como delincuentes.

A partir de símbolos como la forma de vestir y bailar, los integrantes de estos grupos saltaron al escenario urbano difundiendo música colombiana y que en la ciudad tuvo su máximo exponente en la figura de Celso Piña, citó el estudioso del fenómeno de la “cultura colombiana”.

La identidad colombiana se construye en los espacios pobres de la ciudad a partir de elementos simbólicos que se toman de otros grupos sociales o culturales, tanto de otras culturas populares o juveniles, como lo es la ropa o elementos religiosos.

“En el área metropolitana hay una coincidencia, crecen las agrupaciones juveniles, en los barrios populares, va cambiando la ciudad, la gente empieza a trasladarse de la colonia Independencia a los nuevos barrios y va llevando también la música y se asientan esas nuevas agrupaciones juveniles, que surgen en los años ochenta, que son las bandas”, apuntó.

“Eso permite que la música colombiana se vaya diversificando por toda el área metropolitana, desplazando otro tipo de culturas, como podría ser la cultura rockera y otro tipo de música, también la música grupera comenzaba a surgir por ahí”, dijo.

A partir de ahí, agregó, “los jóvenes colombias comienzan a desplazar a otras culturas y hay una ligazón entre grupos juveniles y bandas colombianas en los 80 y se empieza a masificar mucho más en los 90”.

El también estudiante de doctorado en la Facultad de Trabajo Social de la UANL refirió que “en la ciudad todas las bandas juveniles de esa década eran colombianas y permanece todo esto hasta comienzo de este siglo y lo que va ahorita en la actualidad”.

“En el año 2000 la permanencia de la música colombiana y de las bandas juveniles también era ligazón, desplazando a todo tipo de música, pero más o menos a mediados de la primera década de este siglo comienzan a surgir nuevas músicas, que también impactan en estos grupos juveniles”, abundó.

Mencionó que “el rap, por ejemplo, sonó, y el reggaetón y comienzan a competir con la música colombiana y desplazarla por completo, la música colombiana sigue siendo la música más consumida por los sectores populares, sobre todo por los grupos juveniles, conocidos comúnmente como pandillas”.

“La música colombiana permanece, lo que cambió más bien en la última década es la manifestación cultural, los elementos simbólicos que están detrás de la cultura juvenil colombiana”, comentó.

“Por ejemplo, el baile se transforma completamente, ya no se baila igual ahora que en esta época, como se bailaba en los años 90, en los años 90 la forma de bailar llama la atención por otros sectores populares, otros sectores de otras clases sociales en Nuevo León”, expuso.

“Lo que tienen los colombianos y eso se repite en todas las culturas juveniles, es que comienzan a agarrar elementos de otras culturas, la forma de vestir y la forma de bailar, hacen su propia representación”, señaló.

“Lo que para ellos es la propia identidad, una forma de acomodarse una camisa, por ejemplo, en los colombianos siempre vas a encontrar un elemento holgado completamente o aguado, como dicen ellos, que no se ven en otro tipo de culturas”, expresó.

“Al colombiano se le va a identificar por elementos como el aguado en la ropa, contrario al reggaetón, que va a traer la ropa muy ajustada, aparentemente son los mismos, pero ellos mismos tienen fronteras imaginarias en su indumentaria para separarse del resto”, explicó Torres Escalante.

En los 80 éstos se caracterizaban por el pelo desteñido con agua oxigenada, la camisa tropical llena de colores, sol y palmeras del Caribe, la cual copiaban de los discos de vinil que llegaban de la lejana Colombia, los pañuelos en manos y cabeza.

Asimismo, incluían otros elementos traídos de otras culturas juveniles contemporáneas, “pero que en la nueva estética cobran un sentido completamente distinto”.

Ahora utilizan el pantalón entubado que caracterizaba a las bandas punks y rockeras, el fleco en flor de las bandas rockeras “que cobra otro significado al desteñirse”.

De igual forma, “el colombiano tradicional ha hecho un estilo conocido como ‘brother’, que proviene de los años 80, en los Estados Unidos se conoció como ‘mullet’ y aquí ese estilo se popularizó mucho por los grupos tropicales”.

Dicho estilo, abundó, “el colombiano se lo apropia y los grupos rockeros también y el colombiano se lo apropia y le exagera algo, a principio hacerse el pelo rubio, después a dejar crecer las patillas, eso en el año 2000 es el estilo colombiano, una patilla completamente exagerada”.

“Ese estilo se va transformando por el paso de los años, pero también por la represión, los colombianos fueron víctimas de las represiones policiales, pero también de las situaciones que estaba viviendo la ciudad, de violencia, específicamente el narco”, rememoró.

“En estos años de violencia el colombiano tiene represión por dos lados; por un lado, la policía que llegaba y el Ejército incluso que llegaba a los lugares de reunión de los ‘colombianos’ y de manera violenta, le cortaba el cabello, sin importar nada esta manifestación cultural de los chavos pobres”, sostuvo.

A partir de ahí, “también el ‘colombiano’ comienza a cortarse el pelo por sí mismo, porque al otro sujeto represor, que era el narco, llamaba la atención y corría un riesgo en la calle, de ser levantado, ser confundido o ponerlo a trabajar de manera coercitiva”, dijo.

Torres escalante señaló que “-Los Colombias- comienzan a recluirse en la casa, a no salir todos los días, a no estar en la esquina, a juntarse en lugares apropiados para ellos”.

Otro efecto de este entorno de las primeras décadas del siglo XXI “fue la desaparición de la violencia entre las bandas, entre las pandillas juveniles, la violencia barrial, el pleito tradicional entre ellos, por controlar territorios, de manera simbólica cultural, no de manera delictiva, la significación de territorio también empieza a transformarse, incluso el grafitti”, consideró.

Todo lo anterior, como estrategia de sobrevivencia “frente a lo que estaba sucediendo en la ciudad, el colombiano no entra a la violencia tradicional de barrial, porque no sabe si el grupo rival contra el que está peleando está metido dentro del narco”, aseguró.

Incluso los grupos delictivos prefieren que se retiren de las esquinas, para “trabajar a gusto, también es una estrategia de que ‘aquí está mi mercado’, y si hay violencia no puedo vender”, por lo que aproximadamente desde 2005 a 2013 se retiraron de las esquinas, expuso.

Aunque no se tiene un registro exacto de población “colombiana”, ésta se extiende en sectores marginales de municipios metropolitanos como Escobedo, San Nicolás de los Garza, Guadalupe y Juárez, al igual que en Linares y otros de la región citrícola, donde hay también ya tienen presencia.

Otras corrientes musicales han llegado como el reggaetón, el rap, la cumbia villera, “el chavo popular sigue ligado a la música colombiana, aunque ha disminuido un poco el gusto, sin embargo, se sigue conservando más amplio que otro tipo de culturas juveniles”.

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