Un amor para la eternidad

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Tras 51 años de casados, fue tanto el impacto y el dolor que sintió Margarito con la partida de su esposa Maricela que, a las pocas horas, partió junto a ella debido a un infarto para continuar unidos más allá del tiempo y del espacio.

Reynosa, Tam.-
Con apenas 17 horas de diferencia, Margarito Martínez Garza y Maricela Cepeda, un matrimonio con 51 años de vida compartida, fallecieron dejando una historia de amor que, para sus hijos, no terminó con la muerte, sino que se transformó en memoria y legado.

“El amor en ellos no fue hasta que la muerte los separe, se fueron juntos a la eternidad”, comentó Mariela Martínez, la menor de sus cuatro hijos.

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Maricela Cepeda enfrentaba desde hacía tiempo un proceso complicado de insuficiencia renal; durante 90 días su salud se deterioró, pero en todo momento estuvo siempre acompañada por su esposo.

Margarito, en cambio, se mantenía estable hasta que, tras el fallecimiento de su compañera de vida, sufrió un infarto fulminante.

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“Él decía que no iba a poder con ese dolor”, recuerda su hija; y así, a las 3:30 de la mañana, Margarito murió, cumpliendo, sin saberlo, con aquello que había repetido horas antes: que no resistiría la ausencia de Maricela.

Maricela Cepeda Garcia partió de este mundo el 13 de enero del 2026, mientras que su esposo, Margarito Martínez Garza, falleció al día siguiente.

La historia de esta pareja comenzó décadas atrás. Se conocieron en diciembre de 1974, durante una cena navideña en casa de un familiar y aunque su relación inició siendo muy jóvenes, decidieron formalizar su matrimonio cuando Maricela cumplió 18 años. Se casaron un 14 de septiembre y, desde entonces, no volvieron a separarse: “Duraron 51 años casados, siempre juntos, con altas y bajas como todos, pero haciendo equipo”, relató Mariela.

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Su padre fue ingeniero y también ganadero; Maricela, ama de casa y comerciante durante gran parte de su vida.

Procrearon cuatro hijos y cinco nietos, y a pesar de los retos económicos y familiares, se mantuvieron unidos.

La devaluación de 1996 los golpeó fuertemente al perder sus ahorros en los bancos, pero volvieron a levantarse.

“Siempre hicieron un equipo, eran una gran dupla”, señaló su hija, quien recordó cómo su madre apoyó en el rancho y en la cría de animales cuando las cosas se complicaban.

Ambos eran originarios de Tamaulipas; Margarito nació en Méndez y Maricela en Reynosa; él llegó a esta ciudad desde niño y ahí realizó gran parte de su formación académica, antes de estudiar en Monterrey.

Su vida familiar estuvo marcada por la cercanía, las reuniones y las tradiciones, una de ellas que, por ejemplo, el 31 de diciembre, sin falta, era el día destinado a estar juntos como familia.

“Era de ley pasarlo con ellos”, contó Mariela.

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Para ella y sus hermanos, la relación de sus padres fue un ejemplo de solidez y cariño. “Fue un matrimonio amoroso; tenían sus pleitos, pero al final del día siempre estaban el uno para el otro”, dijo.

En cuanto a la dinámica del hogar, era muy claro: Maricela tomaba las decisiones y Margarito la respaldaba.

“Si mi mamá decía ‘verde’, aunque no le pareciera, daba su brazo a torcer, al final del día, la patrona era la que decía. Él siempre aceptaba que al final del día iba a hacer lo que ella quisiera”, relató Mariela, destacando el respeto mutuo que los sostuvo durante décadas.

UN DOLOR INMENSO

Los últimos momentos de Margarito quedaron grabados en la memoria de su hija, y comentó que, tras la muerte de su madre, él aún firmó documentos, ayudó a elegir la ropa de su esposa y avisó a amigos cercanos sobre la lamentable noticia.

Sin embargo, su padre les hizo saber que sentía un gran dolor por la partida de su esposa, y Mariela recordó que, fue a la una de la mañana cuando se despidieron, y sería esa la última vez que lo vería con vida.

“A la 1 de la mañana lo dejé acostado y me dijo ‘Yo mañana no voy a poder, hija’; y yo le respondí ‘Tienes que poder, acuérdate que la que decía que si te faltaban y te los prestaba, ya no está’…Y sí, efectivamente fue cuando le dio, a pesar de estar bien, su infarto fulminante”, mencionó.

Maricela tenía 69 años; Margarito, 77; y su partida doble dejó un duelo profundo, pero también una enseñanza clara.

Para Mariela, el amor que sus padres compartieron no fue perfecto, pero sí real: “Se construyó con los años, con días buenos y otros difíciles, con silencios, risas, esfuerzo y perdón. Fue un amor que eligió quedarse”.

UN VIAJE MÁS

Hoy, la familia vive el duelo como si su madre y su padre estuvieran de viaje; cuidan su casa, se turnan responsabilidades y permanecen unidos, como ellos les enseñaron. “Nos dejaron la enseñanza de trabajar honradamente, de esforzarnos y de mantenernos juntos como hijos”, afirmó.

La historia de Margarito y Maricela es, para quienes los conocieron, un recordatorio de que el amor es profundo cuando se construye con respeto, compañerismo y constancia.

“El amor verdadero se demuestra todos los días”, concluyó Mariela, convencida de que ni el tiempo, ni la ausencia, podrán borrar una historia que eligió, hasta el final, caminar de la mano.

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