Futbol para pacificar el planeta

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El domingo por la mañana, al salir de casa escuchaba entristecido, en la radio de mi coche, la noticia del ataque de Hamás, movimiento palestino de resistencia islámica, a la población de Israel, y la respuesta con obuses del contraataque a la franja de Gaza. En ese preciso instante, pasé a un lado de una cancha de futbol donde se desarrollaba un juego de veteranos, y me reanimé.

Siempre que veo equipos amateurs enfrentándose en terrenos llaneros siento que el mundo tiene remedio, que el planeta Tierra no está echado a la perdición y que, mientras ruede un balón, hay esperanza de paz y acuerdos posibles entre etnias, culturas, religiones, gobiernos, naciones en conflicto.

Me detuve un momento a ver el desarrollo del encuentro. Era una jornada dominical donde hombres de categoría máster, que ya vieron pasar sus mejores años como futbolistas, se esmeraban por correr detrás de la pelota. Estaban todos uniformados y lanzaban voces para organizarse en la cancha y animar a sus compañeros. A gritos pedían el balón, se comunicaban con el lenguaje rudo que fluye en el terreno de juego y se divertían, en medio de una concentración total por recibir la redonda, pasarla y, eventualmente, disparar a puerta.

De regreso a casa pensé en que el futbol ha sido siempre factor de unidad en todo el orbe. Aunque no lo percibamos, en cada ciudad donde hay una liga, en cada cancha donde se dirime un cotejo, hay un llamado a la paz, a la convivencia y a la cooperación.

El futbol es, por naturaleza, democrático. Quienes pisan la cancha se igualan por decreto. Se rompen barreras sociales y se equilibran los niveles de educación, se retiran las etiquetas de ricos y pobres, y no hay más monedas de cambio que las de la gambeta, la barrida, el cabezazo, el tiro a puerta, el vuelo del arquero. Todos los concitados son regidos por los mismos códigos, en un librito que contiene 17 reglas, que son aceptadas en todo el mundo.

Como jugador llanero que fui, atestigüé la milagrosa transformación de tipos bárbaros, amigos que se canteaban hacia la delincuencia, pendencieros de cantina y rijosos de callejón, comportarse con decoro en una cancha de caliche, sometidos al orden del silbante, juez supremo vestido de negro. Con la bola en los botines, estos tipos, que dejaban en la banda sus manoplas y fierros, bailoteaban como chamacos y, estoy seguro, por momentos sublimes olvidaban sus planes de fechorías, para buscar la absolución de los poderes del cielo a través del gol.

No me ciego. Sé que en este conflicto en Medio Oriente, como el que estalló meses atrás, entre Rusia y Ucrania, hay componentes políticos y económicos, impulsados por gobernantes rapaces que, escondidos detrás de sus escritorios, sin mover sus inútiles traseros, mandan a la muerte a miles, mientras comen con caviar y oporto. Y hay hombres que tienen que colocarse un casco y empuñar un fusil, obligados a defender el suelo patrio, siguiendo órdenes de líderes que se dicen diplomáticos, y que están muy lejos del frente de batalla.

Pero también sé que, mientras estallan granadas y hay intercambio de fuego mortal en las regiones inestables, en la mayor parte del mundo hay chicos y chicas persiguiendo una pelota, que encuentran en el futbol el anhelado escape hacia la libertad, corriendo sin ataduras en una cancha de futbol. Va mi esperanza mirando esos polígonos sagrados, donde rueda la pelota entre polvo, piedras, cadillos. Ahí en esos sitios, que se reproducen por decenas y miles cada fin de semana, en mi ciudad y en mi país, se crean las fortalezas donde la convivencia es leal y honesta. Cada vez que veo una cancha entiendo el maravilloso poder de una esférica rodando y la alegría cósmica que siente el jugador cuando suelta un puntapié con energía, para hacer que pase bajo los tres palos de la portería, como la culminación de anhelo dorado que, por magia y fortuna, puede repetirse hasta el infinito cada vez que el árbitro silba la reanudación del cotejo.

Vi a los tipos uniformados del domingo por la mañana y entendí que mientras exista el balompié, el jugador volverá a ser un niño ilusionado, que soñará con ver la pelota anidada en la red, lejos de la guerra y muy cerca de la pacificación.

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