Hubo un tiempo en el que los periodistas importantes, los que “traían sonaja” porque verdaderamente lograban hacer ruido, mover consciencias, desenmascarar fraudes, denunciar corrupción, evidenciar criminales… tenían dos opciones: jugársela y morir, o cobrársela para sobrevivir.
Los primeros eran los periodistas férreos, valientes, honestos e incorruptibles, a quienes ni las amenazas ni los sobornos lograban silenciar. Jamás vendieron su palabra ni su integridad. A ellos muchas veces solo los silenciaba la muerte, sumándose al gran número de periodistas desaparecidos o asesinados, o en el mejor de los casos, simplemente muertos de hambre.
Los segundos vendían bien sus silencios. Generalmente empezaban “tirando piedritas al león” y pronto se les acercaba algún emisario del “afectado”, ya fuera éste un funcionario público corrupto o algún mafioso de cuello blanco. El emisario intentaría en primera instancia, sobornar al periodista a punta de billetes. Muchos hicieron fortuna así, convirtiéndose en mercenarios de las noticias y de la palabra cobrando su “iguala”. Si acaso este método no resultara, el emisario procedía a la amenaza. Pero, “según el sapo era la pedrada”: mientras más peso tuviera el periodista en los medios, más “pesos” costaba su silencio; y por una gratificación extra, no solo se obtenía el silencio, sino hasta opiniones a favor. Muchos periodistas sucumbieron ante la tentación económica, otros se doblegaron frente a las amenazas, que muchas veces resultaban más efectivas que el mismo “chayo” en efectivo.
También es cierto que muchos periodistas “atacaban” con el fin de provocar que les enviaran al emisario con un buen ofrecimiento económico y con la esperanza de entrar en la nómina de sobornos de algún político o de algún rufián, que les ayudaría a compensar sus bajos sueldos. Pero ya no es así. Se dice que los “chayos” (como se les llama a los sobornos para comprar a la prensa), ya no son como los de antes. Se dice también que la violencia contra periodistas tampoco se ejerce como se hacía hasta hace algunos años.
Probablemente el crimen organizado sí siga usando esos métodos brutales, especialmente el de la violencia. Pero al parecer ya no hay quien invierta sus dineros bien o mal habidos en silenciar periodistas o comprar plumas. Las reglas del juego han cambiado, ya no es tan “negociable”. Ahora los periodistas saben que el ejercicio mordaz o audaz del periodismo les puede hacer ganar tanta audiencia ingrata como enemigos implacables y gratuitos ¡Y todo por el mismo sueldo miserable! Un sueldo que no les da para defenderse o protegerse. Para muchos, el negocio “ya no deja” ni vale el sacrificio de sacudir la sonaja… Entonces, muchos deciden retirarse, renunciar, dedicarse a otra cosa mariposa. Del periodismo no se harán ricos… Ya nadie los compra, ya no se pueden vender, y algunos están convencidos de que por el puro amor al oficio y en honor a la verdad, ya no se puede vivir. Solo quedan aquellos cuya vocación es más fuerte que su ambición. ¡Bienaventurados los pobres, porque de ellos será el Reino del periodismo! Dicen.


