Mis dos pequeños guerreros

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Cuando eres madre de un prematuro, te debates entre la alegría, la esperanza, la tristeza, la emoción, la incertidumbre y la fe.

Cada día, por el tiempo que está tu hijo, o tus hijos, mellizos en mi caso, aprendes rutinas que se convierten en rituales.

El mismo pasillo, la parada obligada a lavarse/tallarse las manos, las uñas y los brazos hasta los codos, ponerse una bata y un tapabocas, los dominas a la perfección.

Quieres dividirte para estar frente a dos incubadoras a la vez, las cuales van cambiando con el paso de los días… yo conocí tres diferentes.

Ves que los cables y dispositivos médicos cambian, pero no disminuyen, hasta que finalmente te dicen que ya puedes cargarlos, luego intentar darles pecho, y después colocarlos sobre tu pecho desnudo para que el contacto piel a piel los fortalezca.

Recuerdo llegar todos los días con mi maletín con botes de leche materna, a veces ante la mirada despectiva de médicos a los que les molestaba que estuviera ahí, siendo que por la situación, teníamos acceso a cualquier hora, por tiempo indefinido.

Aprendí a conformarme con el “estables pero delicados” y a marcharme con los brazos vacíos.

Mientras otras madres radiantes abandonan el hospital con sus hijos en portabebés cubiertos con cobijas azules o rosas, yo me conformaba con llegar a mi cama y tener fe en que pronto, muy pronto, tendría a mis bebés conmigo y junto a su hermana mayor que los esperaba a todos.

Se vale no ser fuerte, se vale quebrarse, lo que no se vale es rendirse.

Así transcurrieron 21 días y salí con el niño del hospital para llevarlo a casa y aunque ya tenía a un retoño conmigo faltaba otro: la más pequeña, la más guerrera, la que un día que llegué, lloraba desconsoladamente y según me dijeron las enfermeras, tenía mucho rato sin que pudieran calmarla con nada, pero en cuanto me escuchó hablar automáticamente dejó de hacerlo.

A pesar de no estar 24 horas a su lado ella ya me conocía.

Siete días después, el momento llegó y los minutos se me hacían eternos: con una ropita talla RN que le quedaba enorme, ella abandonó el área de NICU.

El personal médico nos felicitaba y recorrí con ella un pasillo que se me hizo ¡eterno!, cuando subimos al carro, no pude evitar llorar y tampoco intenté no hacerlo, me sentía como si hubiera ganado una medalla de oro en una competencia internacional.

No había sentido una felicidad tan grande hasta ese momento, me sentía victoriosa, y las dos lo éramos.

Los tres ganamos la batalla, pero ellos fueron los máximos triunfadores, tan pequeños, pero tan fuertes.

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