Historias de la pasada

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Verá brody. Han cambiado ‘munchas’ las cosas en la pasada. No es como hoy. Cuando yo era boy, mi apá a veces nos sorprendía en la madrugada: “¡Nos vaaamos a McAllen”. Todos brincaban de sus camas. La emoción de nosotros era equiparable a la Navidad.

-¿Qué llevo de comer viejo?
-Nada, allá comemos en el camino.

Eran las 5:00 de la mañana y todos adormilados nos alistábamos para meternos uno a uno como sardinas en el auto Impala blanco desde Monterrey.

Controlar a la family era todo un reto. Podrá imaginarse que ahí cabían mis papás y todos arrejuntaditos Lety, Chuy, Laura, Ricardo, Lacho y yo. Según quien fuera el niño inquieto, lo separaban entre los hermanos.

“Cuenten las vacas de la carretera. Les doy un peso por cada vaca pinta y otro por las negras”, nos decía.
Lacho “el coyoyito”, podía irse adelante o cerca de los cambios. Yo por chiquito hasta cabía en el panel trasero en el espacio de atrás de los asientos y el vidrio del auto.

Ya luego de un largo camino un tente en pie con las tortillitas de harina, frijoles con veneno y machacado en Ciénega de Flores era obligado.

“Tráiganos unas tres órdenes al centro, frijoles y munchas tortillas”, ordenaba papá y cuando quería un taco decía “¿qué pasó?, no me dejaron nada”.

Llegábamos a Miguel Alemán para cruzar pa’l otro lado, lo hacíamos un domingo cualquiera, de paso por Río Grande.

Pero Río Grande era sólo el paso a “tierra prometida” de McAllen. Una laaarga hora para los huercos, para finalmente llegar de compras en el centro, cuando el mol no era the best for shopping.

-¿Por qué a los regios y a Rosa María les fascina ir de compras a la frontera?
-Bueno, verá brody, ahora que el dólar está tan expensive, tendrán que conformarse con comprar en la Jarachina.
No me interrumpa brody. Llegábamos al hotel El Matador, cuando entonces era una buena opción. Eran los años setentas.

Entonces la moda era comprar telas en el centro, ir a La Perla era the better. Sólo así se podían hacer los trajes sastre o los vestidos elegantes para las jovencitas de la casa.

El shopping se hacía en el centro, no el mol, pasando a tiendas de la calle Main, con Sears o de electrónicos, sin faltar las no-te-puedes-perder “la tienda de los chinos” que vendían de todo. Hay quienes recuerdan a La Popular, que vendía de todo, una store very nice. También pasábamos por la tradicional JCPenny, que hasta daba crédito a sus clientes.

Cintas masking tape compraba don Chuy, quesque en México eran muy caras, mi amá en cada viaje se traía una sombrilla, porque “siempre hacen falta”.

Una donut con coffee en la Shipley Donuts mataba el hambre, que eran como las Krispy Kreme de entonces.
“¿Y dónde vamos a comer vieja?”, decía mi apá.

Los regios siempre hacían su shopping en El Globo, antes de regresar a Monterrey que era como un K Mart de ahora, una store bien completa. Nos surtíamos de Corn Flakes y latería diversa.

Íbamos al Lubys el mismo que ‘ta por la calle 10, al ladito de la desaparecida tienda Hallmark, es la cafetería americana que nos enseñó a tomar la charola para pedir los platillos ricos ready to eat. Ahora prefiero ir a Furs.
Don Chuy pedía un estofado con zanahoria y papa o bien un hígado encebollado, mientras que doña Esther su pescadito light con su salsa tártara o su berenjena empanizada. De postre un clásico pay de limón, que a veces compartían.
Los niños comían pollo empanizado, codito con queso y pastel.

Éramos tantos que con frecuencia el jefe no pedía nada, picaba un poco de todo. Y es que los huercos no se acaban los plati’os. Una cuenta llegaba hasta 50 dólares, una bicoca para ahora.

De regreso el nervio. “Háganse los dormidos”, era una táctica, que a veces no funcionaba.

-¿Qué lleva jefe?
-Nada pariente, sólo lo permitido.
-Pues parece que se trajeron todo McAllen, amigo. Sólo les faltó el perico.
-No se fije amigo. Mire, cuando vaya a Monterrey, pase por la panadería La Superior-, le decía para luego darle un vale de una semita con su firma.

Era una leve “mordida” al pariente para que no nos quitara toda la mercancía. Nada grave, porque nunca pasamos televisores u otros aparatos costosos.

-¿Ya viejo? ¿todo bien? ¿qué te dijo? ¡Benditooo sea Dios!-, repetía mamá haciendo sus oraciones.

Con bolsas de cheetos, refrescos, sándwiches para el camino, no faltaba el huerco que osara decir “pero si no llevamos nada” a pesar de que íbamos como húngaros.}

-¿Y yo? -decía el viejo-, ni un par de calcetines me compré.

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