Los perros de Pavlov

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Hace poco, caminando por un parque lineal, noté algo curioso. Prácticamente todos los que caminábamos lo hacíamos por la derecha. Al llegar a una glorieta, todos mantuvimos la misma ruta: por la derecha. Lo más interesante es que los niños, los adolescentes, algunos jóvenes, uno o dos adultos y ningún viejo, no respetaron la norma. Cambiaban a uno y otro lado y hasta atravesaron la glorieta por el centro. Me vi tentado a modificar mi ruta. Y lo hice, pero me sentí incómodo. ¿Por qué? Pues no lo sé. Tal vez ese condicionamiento a una rutina dextrógira tiene qué ver con Pavlov: perros salivando no por el alimento sino por la memoria de éste.

Esa rutina debe estar sembrada muy profundamente. Es mucho más que una manera práctica de movilizarse. Hay esquemas de comportamiento, rutas aradas en la conciencia, muescas cortadas a cuchillo en el espíritu. Es semejante a una burocracia del pensamiento. Fórmulas y rutinas que se impuso la gente durante siglos para organizarse con eficiencia. Quien comprenda bien esta especie de atavismo, también podrá eventualmente utilizarlo para controlarnos.

Esa ruta automática no es necesariamente una alegoría sobre la izquierda y la derecha sociales. El izquierdismo tiene qué más ver con la economía y la organización social, y sobre todo con la democracia, e incluso con un gran número de religiones. Esto es algo que deberían considerar los políticos antes de asumirse redentores.

La propia derecha política lo asume, aunque la mayoría de las veces sólo como instrumento electoral y de control. Partidos que se asumen de izquierda, radical o moderada, acaban conciliando intereses con la derecha más extrema, la que se ejerce desde atrás de la política. La izquierda y la derecha, en política, acaban siendo menos ideología y más un instrumental quirúrgico para eviscerar a la sociedad.

¿Quiénes son la derecha? No es tan sencillo ubicar a la derecha más allá de la política, o sus vocerías sesgadas desde grupos empresariales y organizaciones confesionales. Algo dentro de nuestras cabezas siempre nos impulsa a asumirnos socialmente iguales, pero individualmente no nada más distintos también hasta excepcionales.

Esto es incluso sano, no somos una colmena. Sí, salvo cuando se organizan esas “excepciones” y, además, pretenden ser los líderes naturales de todos los demás no como guías sino como capataces. Lo más deplorable es cuando esos “demás” lo aceptan sin chistar.

Siempre hay un amo esclavista en nosotros que trasliteramos en actitudes a veces inocuas, a veces fatales, como el feminicidio. Todos tenemos un pequeño demonio arrinconado y listo para gritar “¡Sieg Heil!” en cualquier momento, incluso los marxistas más furiosamente colorados. Lo único que necesitamos es un estímulo adecuado y un chivo expiatorio hacia donde podamos desencadenar todas nuestras frustraciones transformadas en odio y eventualmente en violencia.

Me quejo de la derecha política, tan camaleónica en México, pero no dejan de ser fachadas patéticas, mercenarios. Lo que sucede en México sucedía antes en otros lugares del mundo. La estrategia es la misma: sembrar confusión, hacernos sentir engañados, humillados, frustrados e impotentes y, por último, señalar a un culpable.

Fue aplicada por políticos, pero no fue impulsada ni creada por ellos. Así han puesto la mesa para que nuestro diablillo fascista, como los perros babeantes de don Iván Pavlov, clame por un pasado en el que, como ahora, sonaron la campana pero jamás sirvieron la comida. La nostalgia no es por la felicidad ni por la bonanza sino por la rutina, nuestro lado derecho del sendero.

Hace pocos años reflexionaba sobre la escalada mundial de una singular derecha neofascista. Pensé que nos afectaría tarde o temprano, pero confiaba en la entereza de los mexicanos y sus instituciones. Creo que me equivoqué, la derecha neofascista ya estaba aquí, en las instituciones y en los ciudadanos.

Lo único que están haciendo ahora es… tocando la campana. Como en la danza del rey David, el llamado es a orbitar, dextrógiros, alrededor de una nueva arca de la “alianza”, y atropellar, arrasar a los levógiros. Y no, no es por México. La evidencia está a la vista, y la ceguera.

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