La verdad no sabría decir cuál es la primera percepción del mundo que se tiene al nacer. Hace tanto tiempo que inicié la recopilación de datos sensibles, que no podría precisarlo. La primera bocanada de aire no lo creo, porque es una respuesta refleja a una artera nalgada. El baboso manoseo durante el parto debe dejar alguna huella en la memoria, claro. Pero la bíblica luz envolviéndonos, taladrando los párpados en rojizas y chisporroteantes volutas, debe ser una experiencia alucinante para el recién nacido.
Ese debe ser el primer asombro, o por lo menos el mayor. Luego, con esa luz, se empezará a definir lo que no somos a base de líneas, volúmenes, colores, matices… Esa luz da forma hasta a nosotros mismos delimitándonos en apéndices que, aunque obedecen más o menos nuestras órdenes, siguen siendo algo distinto al ente agazapado entre los lóbulos del cerebro. Ese ser que sí somos nunca podrá verse en un espejo. Percibe su rostro en el reflejo, pero es apenas una máscara sobre otras máscaras. Tal vez se adivine a duras penas en un destello fuera de las pupilas, en ese punto ciego en medio de ambos ojos que, sin ser visible, le da sentido a todo lo visible.
Aunque la seriedad no es mi fuerte, ahora pienso con alguna seriedad en mi reciente experiencia de dejar de ver. No fue entrar en la oscuridad, o ausencia de luz, o lo que sea que sea la ceguera. Fue la reducción paulatina de la visión. Durante mucho tiempo, las cosas afuera de mí fueron perdiendo nitidez, desvaneciéndose. Los lentes incluso fueron rebasados por esa niebla que no borraba mi entorno, me distanciaba de él. Las cosas seguían siendo las mismas, con sus mismos colores y dimensiones, pero no para mi percepción. Y aunque no soy particularmente aficionado a los espejos, creo que ya empezaba a desconocerme. Y eso de pararse frente al espejo y ver a otro podrá ser una experiencia iluminadora, mística, pero no es muy buena para la salud mental. Rasurar a un desconocido con quién no se puede charlar, no es agradable.
El daño en ambos ojos era bastante grande pero no irremediable. Y empezó la reparación. La primera cirugía fue en el ojo izquierdo, el más dañado. No hay mucho qué decir del proceso, salvo que no tuvo complicaciones ni más secuela que la dilatación de la pupila durante algunas horas. Lo interesante llegó cuando pude comparar la visión de un ojo respecto al otro. Interesante y terrible, porque me di cuenta que durante mucho, mucho tiempo, lo que veía no era como yo lo veía. Incluso no estaba donde yo creía que estaba… lo que explicó varias caídas inexplicables a plena luz del día.
Una semana después, la segunda cirugía emparejó las cosas. La nitidez me trajo reminiscencias de un parto más que de un redescubrimiento. Nacer a la luz no fue redefinir las cosas sino encontrarlas, develar el engañoso entorno que construí durante años. Y me puse a pensar en lo frágil de nuestra percepción, lo impreciso de nuestra noción de lo que nos rodea, lo ajeno que es el mundo a nosotros y su indiferencia a la imagen e idea que nos formamos de él. También la comprensión del mundo hacia bichos tan nocivos y egoístas que pretendemos entenderlo todo con tan frágiles instrumentos.
Recuperar la visión, en la medida que el desgaste natural del tiempo lo permite, me pone ahora en el brete de replantear mi relación con este mundo en tanto este mundo me deje permanecer en él. Confundido un poco por la experiencia, supongo que cambiará mucho mi perspectiva ya no sólo de lo visible, también de lo sensible y lo inteligible. Lo que no deja de ser una ironía, porque a mi edad es tanto como iluminar el camino al ocaso. Eso sí, no me perderé detalle del último destello de luz y, ojos que te vieron ir…
PD: El taumaturgo de este milagro fue el doctor Adrián Abarca. Y digo milagro, porque para abrir los ojos a un ciego recalcitrante como yo se necesita más que la pura ciencia.


