Polarización

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Polarización, en política es el proceso por el cual la opinión pública se divide en dos extremos opuestos. Inclusive dentro de un partido político dicha polarización hace alusión a las facciones extremas que ganan espacio o apoyo dentro del mismo, de acuerdo con wikipedia. Y es, cabalmente, lo que está sucediendo en nuestro querido México. Y podría representar un alto riesgo si no hay quien medie con sensatez y cordura para no entrar al inicio de las próximas elecciones del 2021 con el ánimo encendido de unos contra otros, evocando el título de la famosa película de diciembre de 1979, “Kramer contra Kramer”, en que un buen padre de familia no llega a un acuerdo con su esposa y ésta lo abandona para que él se haga cargo de la educación del hijo, lo cual cumple muy bien. Pero tiempo después la mujer se aparece para luchar por el fruto biológico de sus entrañas.

Lo triste y lamentable es que sea el propio presidente López Obrador quien promueva esta peligrosa división entre los mexicanos, al replicar lo equivalente a la frase “el que no está conmigo está contra mí”. Igualmente gusta de exclamar que éste es el momento de las definiciones: “O somos liberales o somos conservadores”. Y no es cierto. En la vida misma no todo es blanco o negro. Hay grises. No todo es bueno o malo. Hay matices. Las mismas ideologías tienen gradaciones. Pero él goza con los antagonismos, las posiciones encontradas y con la postura maniqueísta.

“No somos iguales”, dice de su tribuna privilegiada, y le responden al instante: “Son peores”. Llama a sus críticos “fifís”, y de inmediato califican a los suyos de “chairos” o “nacos”. Escupe palabras con marcado odio como “neoliberales corruptos” y se las regresan con epítetos de ignorantes o “huevones que esperan todo de la dádiva gubernamental”. Profiere un insulto y, bajo el argumento de que “el que se lleva se aguanta”, le tunden con otro sin consideración alguna a la investidura presidencial. “Quédate en casa”, recomienda él ante la emergencia sanitaria y le responden “Quédate tú también”, recriminándole que anda en campaña política de un lado a otro. “Hagan caso a las recomendaciones de los científicos de la salud”, advierte, y le espetan en su cara que utilice cubrebocas aunque se vea muy feo.

En fin, llueve metralla pura de aquí para allá en un franco abuso de la libertad de prensa y de expresión. Pero no aprendemos la lección de mitad de siglo 19 cuando el país sufrió inclusive la polarización entre los mismos liberales de la época, pues los más radicales se definían como “rojos” o puros en una percepción distinta de la realidad a cargo de los liberales moderados, y no se diga de la diametralmente opuesta de los conservadores. La pérdida mayúscula que sufrieron nuestros antepasados de esa época no fue nada más una lucha fratricida interminable sino invasiones y la llegada de un imperio extranjero personalizado, paradójicamente, en un liberal como lo era Maximiliano de Habsurgo y su esposa Carlota.

No entendemos aún que la democracia no solamente es un derecho sino que implica serias obligaciones y responsabilidades principalmente en vísperas del proceso electoral del 2021, con el fin de no dar el bochornoso espectáculo que le estamos dando al mundo con nuestros desencuentros cotidianos, registrados penosamente en un bombardeo implacable, con vómitos de odio, en las redes sociales, muchas veces al amparo del anonimato. Lo peor es que en el mismo seno del partido gobernante los radicales de corte comunista quieren imponer su visión única y ya no esperan que a sus oponentes les lleguen de los “conservadores” la sarta de descalificaciones, mentiras y calumnias, pues el mismo “fuego amigo” que ellos promueven los tiene en la mira. Y más todavía duele que dos de los consentidos de López Obrador como lo son el académico y columnista John Ackerman y el periodista y cineasta Epigmenio Ibarra estén al frente de una batalla que no parece llevarnos a ningún lado, si no aceptamos que la tolerancia y respeto buscan caminos de convencimiento en el diálogo nacional entre todos los sectores sobre los programas y propuestas que mejor convengan a todos.

Entonces, así, con voces centradas y conciliadoras que recurren a argumentos contundentes, perder no duele en las urnas. Y ganar cobra otra dimensión, y no la de la amenaza y el sarcasmo. Porque no queremos ver a los periodistas enredados en su enjambre de intereses personales ni volver a leer de una Secretaria de Estado, Irma Eréndira Sandoval (quien se dice ofendida por un reportaje sobre los 60 millones que valen sus diez casas), eso que escribió con furor en su red social: “No permitiré que los sicarios mediáticos manchen mi nombre ni el de mi familia. Esta lucha va en serio y hasta el final”.

¡Oh, polarización, cuántos desastres ocurren en tu nombre!

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