Acapulco, Gro.-
“¡Esto no tiene olor, es una textura como si fuera calidra; no tiene una consistencia como de ceniza. Yo apenas trabajé con cemento blanco y parece; así no es la ceniza humana! ¡Estas no son las cenizas de mi hijo!”, suelta Patito, como le dicen de cariño, mientras sus ojos se inundan; acaba de descubrir, a menos está segura, de que la defraudaron: “¡¿Y ahora cómo le hago para tener las cenizas de mi hijo conmigo!?”.
Quien habla es Juana Patricia Montes Basurto, una mujer de carácter fuerte, quien durante 21 años ha trabajado para la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena). La señora sabe, después de 10 meses que incineró a su hijo, que uno de los 60 cuerpos encontrados abandonados en un crematorio que trabajaba en la ilegalidad puede ser de su Carlos.
Todo coincide, su hijo fue cremado el 21 de marzo en ese lugar y ella no tuvo certeza de que en realidad lo incineraron, porque nunca vio el cuerpo de “Carlitos” en un horno; la funeraria “Guerrero” se encargó de todo, de los permisos con la Secretaría de Salud, en la Dirección de Panteones, de todo. Ella sólo acompañó al cortejo fúnebre a llevar su hijo al crematorio y le dijeron que saliera para que no respirara sustancias tóxicas.
Los recuerdos la invaden y lo que quiere es justicia. Comparte su historia en la casa de sus papás, en el centro del puerto, donde creció Carlos Edzel Tello Montes, quien murió de manera intempestiva un 21 de marzo, se ahogó, broncoaspiró, y aunque le parece irónico que su hijo, de 22 años de edad, siempre se disfrazaba de parca en obras de teatro, esa misma muerte se lo arrebató.
El abuelo de Carlos, Samuel Montes, quien tampoco cree que sea su nieto, toma la urna, la destapa y revisa el contenido arenoso, color blanco y asegura que eso no puede ser ceniza de ser humano y expande el polvo como si quisiera encontrar la risa de Carlitos dentro de ese montículo de algo, que refuerza “no puede ser ceniza”, “no puede ser mi nieto”.
“Yo lo encontré muerto, eran las seis de la mañana, le diagnosticaron broncoaspiración, porque él padecía de reflujo. Estaba en un sillón frente a la tele (justo a un lado de a dónde ahora yace su altar)”.
Samuel, de 75 años de edad, observa la melena alborotada y la imagen de un chico alivianado, que es lo que más resalta en la sala. La caja pequeña que está a un lado de su fotografía era intocable, representa su presencia en el sitio donde creció, lo más valioso de esa estancia; el Cristo de madera a un lado de la foto parece un guardián, mientras que la veladora verde y el vaso con agua, la indicación de ser un espacio sagrado.
Carlos Edzel Tello Montes, recuerda su madre, era un joven deportista, amante del teatro, de los amigos, del altruismo, de los animales, de las buenas risas, de los antros, de las desveladas sin fin de Acapulco.
Juana Patricia es una mujer de un metro con 65 centímetros, quien se define como luchona y fuerte, no puede más y se horroriza cuando le viene a la mente que su hijo puede ser uno de los 60 cuerpos abandonados en el Crematorios del Pacífico.
Antes que su papá, ella abrió la urna y sintió como una cortadura que tenía en el dedo le comenzó a arder. “Jamás me imaginé que esto viniera en una bolsa donde se siembran plantas, mira papá nada más”, le dice al señor que no llora, pero recuerda que su Charly era su mano derecha, lo vio crecer y era de sus nietos más queridos, tiene nueve.
Patricia dice que todo se imaginó, menos que los restos vinieran en una bolsa para sembrar plantas. “No son, no son, porque no tendría que arderme el dedo, esto más bien tiene consistencia como de cemento blanco. Nunca me imaginé que fueran tratadas así las personas. A mí me hicieron la indicación en el crematorio de que me saliera porque era tóxico estar ahí. Nos retiramos y, efectivamente, no verifiqué que el cuerpo entrara al horno y fuera quemado; nosotros creímos en ellos, confiamos”.
El drama de la familia se prolonga, porque si Charly es uno de los 60 cuerpos, Juana Patricia no sabe qué pasará, cómo reaccionará, pero, sin duda, demandará, no sólo quiere que le regresen los más de 19 mil pesos que gastó en los gastos funerarios, sino que le demuestren que las cenizas que tiene son las de su hijo. “Ellos deben saber qué harán”.
Patricia, quien es madre soltera, mamá de un niño de 16 años con síndrome de Down y de Carlos —quien este año se habría graduado en Mercadotecnia—, narra que por su situación fue muy complicado mantener a sus hijos. Para ella y toda su familia, la muerte de Carlos y ahora lo sucedido en el crematorio representa algo “sumamente doloroso”.
Este martes Patito fue a la Fiscalía regional de Acapulco, la trató un hombre de nombre Juan, porque no quiso decirle sus apellidos, pero le dio desconfianza porque aquel sujeto no sabía ni escribir la palabra raya, la ponía así: “ralla” y compara “si así realizan la investigación, ¿qué garantías podemos tener?”.
Todo le causa desconfianza y quiere que no se descarte ninguna línea de investigación. Le dijeron que le llamarían dentro de 20 días otra vez, pero jamás le explicaron el proceso que seguirán las pruebas de ADN, nada le queda claro.
Habla de su pequeño altar: “Para mí, como madre, es como sentirlo (a Carlos). A final de cuentas no nos hacemos a la idea de haberlo perdido, es como si él estuviera cerca de nosotros. El hecho de que nos hayan alterado este altar es sumamente doloroso, porque juegan con el dolor de uno como madre, cómo pueden tratar a un ser humano de ese modo, jugar además con los sentimientos. Totalmente, quiero justicia, que me digan qué fue lo que me entregaron, qué fue lo que me entregaron”.


