Salario mínimo y polémica grandota

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Vaya polémica la que ha desatado Miguel Ángel Mancera, el gobernante del Distrito Federal, al someter a estudio el aumento del salario mínimo en México con el fin de que su propósito sea real y sus beneficiarios alcancen a comprar lo indispensable de la canasta básica.

Su argumentación está bien fundamentada si tomamos en cuenta que el rezago del salario mínimo se remonta ya a más de 35 años, y que el poder adquisitivo de nuestro peso ha perdido mucha fuerza desde entonces, de manera que el salario mínimo es simbólico por no decir que risible.

Lo sorpresivo de esta propuesta de Mancera es que está siendo impulsada también por el Partido Acción Nacional (PAN), de acuerdo con la vigorosa urgencia de la que habla su presidente nacional Gustavo Madero. Y es ahí donde la burra torció el rabo, porque surge la sospecha de un fin político-electorero y no social en tal iniciativa económica.

Por eso las posturas encontradas de académicos, líderes de opinión y empresariales, así como de quienes recurren a casos de otros países, ha vuelto pedregoso el camino hacia una definición.

Los que lo ven conveniente como Mancera y Madero les dan por su lado a los trabajadores que aún perciben salario mínimo en México, y reciben aplausos de los que ven justo modificar la irrisoria cantidad hacia lo que el sentido común aconseja.

Pero los que consideran inconveniente apegarse a la realidad del poder de compra de nuestro peso para aumentar el salario mínimo, se espantan nada más de pensar en la espiral inflacionaria de que seremos víctimas todos los mexicanos, porque -dicen algunos- los sueldos jamás deben crecer por decreto. Y menos se vale colgarse de él para ganar votos y simpatías.

El brinco en el salario mínimo sería espectacular, pues pasaría en la Ciudad de México de 67.39 pesos diarios a 171. Es decir, un trabajador de salario mínimo pasaría de ganar al mes dos mil 018 pesos con 70 centavos a 5 mil 130 cada día 30. ¡Nada malo para los jodidos!

Sin embargo, al ver la otra cara de la moneda, habría que considerar que el que ahora gana 5 mil pesos al mes y se siente más o menos bien pagado, respingaría de inmediato y querrá los diez pesos cada 30 días, y así sucesivamente con los del escalafón superior, y sería cuento de nunca acabar.

Es cierto que existen patrones abusivos, como en el caso de las gasolineras, que contratan personal sin sueldo o con un pago mínimo de 400 pesos por semana, y les dicen, muertos de risa, que su verdadera paga está en lo que los automovilistas les regalen por cada servicio que presten como poner aire a los neumáticos o limpiar los vidrios.

Lógicamente, si esos trabajadores -y otros muchos- ven que su salario real está en las propinas, se dedican más a buscar gente que les gratifique una atención extra, sin importar el tiempo que inviertan, a costa de quienes llegan de prisa a surtir de combustible su vehículo.

Por eso el tema es peliagudo. Y la confusión aumenta al tomar en cuenta tantas opiniones contrapuestas de quienes se supone son los que más saben del asunto. Pero se pone más feo el panorama cuando considera uno que los estudios y consultas saltan a la palestra en víspera de los procesos electorales.

Yo, viejito al fin y al cabo, simplemente me remito a los tiempos de los peores presidentes que ha tenido México, Luis Echeverría y José López Portillo, quienes por poco hunden a nuestro país con su populismo político, y a base de aumentar artificialmente el salario mínimo, le dejaron a Miguel de la Madrid una hiperinflación que debió paliar a base de “pactos”.

Bueno, y para el caso mismo, también veo a España en crisis, como nunca la imaginé, y mucho se debe al mal manejo de su salario mínimo. Ah, y me pregunto cómo les irá a ir a mis amigos que tienen préstamos o hipotecas basadas en UDIS, las cuales se mueven de acuerdo con el salario mínimo. Van a tener que dejar sus casas y departamentos al irse los pagos a las nubes.

Pero tampoco me quedo con la conciencia tranquila de saber que hay compatriotas que no pueden sobrevivir ya con esa mínima percepción que es una burla, y por eso muchos prefieren la informalidad de los trabajos callejeros.

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